Convocatoria II Certamen

de Videocreación “Mira!”

Inspirados en textos finalistas del

Certamen “Francisco Nieva” de Textos Breves Teatrales 2017

(Se podrá consultar el texto al final de esta convocatoria)

El CENTRO DRAMÁTICO RURAL de MIRA convoca el II Certamen Mira! De video creación.

PRIMERA: OBJETO DE LA CONVOCATORIA

El objeto de esta convocatoria es estimular la labor de creación de los jóvenes videocreadores menores de 30 años que adaptan y dirigen textos teatrales al lenguaje audiovisual, con la finalidad de favorecer la promoción y difusión de su trabajo, dando la oportunidad de incorporarse al mercado cinematográfico actual. Proponemos desde el CDR de Mira, que los diálogos breves tengan como protagonistas un personaje del Siglo de Oro que establezca un pulso poético, ético o filosófico con un personaje de la actualidad, teatral o no.

SEGUNDA: EXPECTATIVAS Y RECONOCIMIENTOS SOBRE LOS TEXTOS SELECCIONADOS

El objetivo es llegar a seleccionar UNA OBRA de VIDEOCREACIÓN que participe en Certámenes Oficiales y en programas de Centros de Enseñanza.

El CDR informará de las posibilidades de promoción y difusión de la obra audiovisual que estime conveniente durante el año siguiente al fallo. El CDR se reserva el derecho de difusión y reproducción de la obra seleccionada durante el plazo de un año a contar desde el fallo del jurado.

La convocatoria no podrá ser declarada desierta, salvo que el nivel de las obras presentadas no tenga el nivel para el proyecto que pretende el CDR como difusión de la dramaturgia contemporánea a través del formato audiovisual.

TERCERA: CANDIDATOS

En caso de ser español/a, podrá tener su residencia tanto en España como en el extranjero. Los creadores pueden ser de cualquier nacionalidad, pero la obra deberá enviarse en Castellano o al menos con subtítulos en este idioma. El seleccionado deberá recibir el galardón que acredita que ha sido el elegido, personalmente, salvo causa de fuerza mayor, en la fecha señalada por el jurado. 

Los creadores/as podrán participar con un máximo de dos videos.

Las obras han de ser inéditas y no se hayan hecho públicas ni proyectadas hasta el momento de la convocatoria. Si en momentos posteriores al fallo y durante el año siguiente al mismo se tuviera noticia de su utilización a expensas de la dirección del CDR, se podrán tomar las medidas oportunas para retirar dicho reconocimiento al seleccionado.

La duración de la obra tendrá una duración de entre 15/20 minutos.

No podrán presentarse al certamen los seleccionados en ediciones anteriores ni los miembros del Centro Dramático Rural.

CUARTA: PRESENTACIÓN DE TRABAJOS Y DOCUMENTACIÓN

Las obras y documentación se presentarán en soporte digital (DVD o memoria USB) mediante envío por correo postal a:

ASOCIACIÓN CULTURAL DANTE

“Para el II Certamen Mira! de Videocreación”

Se incluirá únicamente:

DOCUMENTO 1: Grabación en formato: mp4 (H.164)  que contendrá sólo el título y la grabación que se presenta al certamen. En ningún caso constará el nombre del autor/a en este archivo.

DOCUMENTO 2: Plica: Título de la obra y datos personales del autor/a (nombre completo, dirección, número de teléfono, correo electrónico y D.N.I. o pasaporte). También un breve currículo.

En caso de presentar dos obras, pueden llegar en el mismo soporte digital, pero sus correspondientes plicas aparecerán en sendos archivos independientes con las características antes señaladas.

QUINTA: ENVÍO Y PLAZO DE PRESENTACIÓN

Las obras deberán remitirse únicamente por correo postal a:

ASOCIACIÓN CULTURAL DANTE

C/ Embajadores, 188 bajo B

28045 Madrid

Indicando en el sobre:  “Para el II Certamen de Videocreación Mira!”

antes del 30 de JUNIO de 2018.

SEXTA: JURADO, FALLO Y CRITERIOS DE VALORACIÓN

Tanto la composición como el fallo del jurado serán inapelables por los miembros participantes o personas o entidades externas al jurado y podrá ser revisable por el propio jurado en función del cumplimiento estricto de la convocatoria.

El fallo del jurado se dará a conocer mediante nota de prensa antes del 15 de julio y la información sobre los textos seleccionados aparecerán convenientemente reflejados en la web del Centro Dramático Rural, unos días después de darse a conocer el veredicto del Jurado a los medios de comunicación.

Solamente será público el nombre del seleccionado, quedando reservado para el ámbito interno del jurado el nombre del resto de las candidaturas.  

SÉPTIMA: RESOLUCIÓN

Siempre que se represente o edite la obra seleccionada, el creador o creadora quedará comprometido a mencionar expresamente en cualquier medio de difusión, prensa, cartelería, programa de mano, edición impresa o digital o red social:  “Obra seleccionada en el II Certamen Mira! de Videocreación 2018”. Y durante la temporada de 2018/19 no podrá presentarse en ningún formato público que no realice el Centro Dramático Rural.

OCTAVA: ACEPTACIÓN DE LAS BASES

La participación en el concurso implica el conocimiento y aceptación íntegra de las presentes bases.

NOVENA: BASES LEGALES Y NORMATIVA APLICABLE

La organización se reserva el derecho de modificar las bases del premio, parcial o totalmente en cualquier momento previo aviso. Así mismo se reserva también el derecho a anularlo, dejar los premios desiertos o reservarlos en caso de no cumplir
con los mínimos exigidos o detectarse alguna irregularidad.


Los participantes eximen al Centro Dramático Rural y al Jurado de cualquier responsabilidad derivada del plagio o de cualquier otra transgresión de la legislación vigente en la que pudiera incurrir alguno de los participantes.

En caso de reclamación o conflicto, tanto los participantes como la organización deberán someterse a la jurisdicción de los Tribunales de Madrid

El brazo robótico

de Agustina Rimondi

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Personajes:
GRACIELA (cuidadora de Cosme)
COSME (anciano discapacitado)

NICOLÁS (adolescente, hijo de Graciela, manco)

RENÉ LAVAND (ilusionista manco)
GÜERITA (ligue juvenil de Cosme)
NOVIA (primera novia formal de Cosme)

TRANSEÚNTES

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GRACIELA.- (Mientras empuja la silla de ruedas de Cosme, llegan y deambulan por la plaza de Lavapiés). Hace mucho que me acostumbré a hacer todo con la mano izquierda. Pero unos sobrinos lejanos del Toni, el abuelo que yo cuidaba antes, que en paz descanse, unos sobrinos suyos le compraron una especie de brazo robótico que se enganchaba a la silla. Era para que bebiera él solo, por el tema de la autonomía. Pero no servía para nada. Siempre se volcaba encima el agua, el té, o lo que fuera. ¿Le gusta aquí? ¿Sí? (Detiene la silla). ¿No? (Empuja un poco la silla, avanza y retrocede un instante, esperando una reacción de Cosme, que no llega. Finalmente se detienen). ¿Sabe lo que pasa? Era demasiado fuerte el brazo robótico, bah, la pinza esa. No cogía; estrujaba. Parecía un transformer. Para lo único que servía era para darle las medicinas al Toni. Pero lo usábamos al revés: no sujetaba el vaso, sino la boca del Toni. Así se tragaba las píldoras más rápido. No le gustaban las píldoras, decía que eran amargas. Las escupía. ¿Vio qué linda, la plaza? Así le da el aire fresco, aprovechamos para charlar y nos vamos conociendo, usted y yo. (Vuelve a empujar la silla). El pobre Toni. Yo lo cuidé hasta el final. Llevaba una semana complicado, lo habían ingresado cinco veces. Y cinco veces lo habían devuelto a la casa. La familia estaba harta. No por él, pobrecito. Por la situación en sí. No había caso, no partía, el Toni. Entonces, la tarde menos pensada, porque estas cosas siempre pasan así, estábamos en su casa, de lo más

Agustina Rimondi: El brazo robótico 1

bien. Él y yo, tranquilos. Me pidió un té y ya ahí lo noté que estaba un poco pálido. Me fui a la cocina, hice el té, lo enfrié y cuando volví el Toni ya estaba azul. Azul.

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GRACIELA.- La familia del Toni, que en paz descanse, me quería mucho. Él falleció un martes, pero me pagaron la semana entera, de todos modos. Y me ofrecieron el brazo robótico, para mi hijo (Cosme muestra interés). Es carísimo, pero me lo dejaron a mitad de precio. Lo estoy pagando poco a poco. Mire, mire qué maravilla (Saca el brazo robótico de su bolso y se lo enseña a Cosme). ¿Ve la pinza? No se imagina la fuerza que tiene. ¿Ve? (Lo acciona, entusiasmada, Cosme se aleja, impresionado). Muerde, tritura, de todo hace ¿ve? ¡¿Ve?! Si lo ve mi hijo, el gamberro, seguro que se pone a robar bicicletas. Porque con esto se puede cortar de todo: alambre, candados de seguridad, cualquier cosa. Pero yo lo quiero para mi otro hijo, para el manco. Lo guardo aquí porque es una sorpresa para su cumpleaños. (Lo guarda en el bolso). Él quiere un móvil nuevo, pero yo sé que esto le va a ser más útil. Aunque es mejor que no sepa que era del muerto, del pobre Toni, que justo lo tenía enganchado en la boca cuando se murió. ¿Vio que teníamos que salir? No se puede estar encerrado todo el día. Mire qué lindo ¿eh? cuánta gente. Yo vivo ahí ¿ve? segundo piso. La ventana de la persiana verde. La que está medio rota, ¿la ve?, la que está sujeta con alambre. Hace años que vivimos aquí. Nunca pasó nada. La gente le tiene manía a esta plaza. Dicen «Lavapiés: uhhhhh»; pero no pasa nada. Yo la adoro. Es caótica. ¿Quiere el flan? (No espera respuesta, saca un flan, una cucharilla, una servilleta y se sienta frente a Cosme). Hace más de quince años que llegamos. Vine con mis hijos, cuando eran pequeños. Crecieron aquí. Deben estar ahí adentro, ahora. Salen muy poco. Y es bueno que a uno le de el aire. Eso le digo a mi hijo, al manco, para que salga a pasear. Y al otro, al vago, le digo: ¡Sal de aquí, vete a trabajar! Ya no vive conmigo, pero lo tengo metido en casa todo el día. Pero el otro es el que lo tiene difícil, el manco. Perdió la mano cuando era un bebé. Un accidente. La bestia de mi suegra. Tenían una panadería. La máquina de amasar era viejísima. Tenía una espiral enorme y una cuchilla así de grande en el medio. Yo fui con el nene, de visita. Y fue tan rápido. La bestia de mi suegra me dijo: dámelo. Una es tonta cuando es madre joven. Ahora la mandaría a freír churros. ¡Dámelo! me dijo, como si fuese una cosa. Y se lo di. Y empezó con lo de «ay, qué lindo mi chiquito, ay que me lo como de lo rico que es» mientras seguía echando masa a la máquina. Iba de

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sobrada ¿vio? Haciendo tres cosas al mismo tiempo. Lo besuqueaba, lo apretujaba y con la otra mano seguía echando masa. Yo no vi cómo pasó. Nunca supe si se le escurrió de entre las manos o si ella se tropezó. Yo solo vi la cara del nene que me miraba. ¿Vio cuando las criaturas contienen el llanto? ¿Vio cuando se ponen todos rojos, así, y están a punto de largar el llanto? Así estaba mi hijo. No lloró, me miró, nada más, todo rojo, sin entender. Y la máquina siguió amasando porque nadie se dio cuenta de apagarla. Y no se pudo recuperar nada. Le quedó un muñón. Mi suegra quedó muy tocada. Supe que se murió tres años después. Ni al velorio fui. Fue su culpa. Fue la bestia de mi suegra. Pero yo no tendría que habérselo dado. A veces sueño que llego a la panadería, ella me dice «dámelo» y yo le contesto que no. A veces sueño que le digo: «¡Vete a la mierda!» y me doy vuelta y me lo llevo a mi nene, con sus dos manos. Ahí fue cuando me acostumbré a hacer casi todo con la mano izquierda. Si él tuvo que acostumbrarse, yo también. Y se acostumbró, el pobre. Porque es muy listo, muy listo es. Los dos son muy listos. ¿Sabe qué? Ya que estamos aquí, se lo voy a presentar.

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GRACIELA.- (Grita hacia la ventana de su casa). ¡Nicolás! ¡Nicolás!

VOZ DE NICOLÁS.- (Desde adentro de la ventana). No estoy.
GRACIELA.- (A Cosme). Es así, ocurrente. Quédese aquí un momento, que ya vuelvo.

(Se acerca al portal, grita más fuerte). ¡Nicolás, hijo, soy mamá! ¡¡Hijo, baja!!
VOZ DE NICOLÁS.- (Gritando en susurros, desde la ventana). Por favor, mamá, deja de

gritar. Nos está mirando todo el mundo.

GRACIELA.- ¡Nicolás! ¡Nicolás! (…) ¡Que bajes, te digo! ¡Baja o sigo gritando! (A Cosme). Le da vergüenza. (A la ventana, exagerando adrede). ¡Nicolás, hijo de mis entrañas, o bajas tú o me trepo yo!

(Un instante después sale del portal un joven, chaqueta deportiva, capucha puesta, los brazos metidos hasta el codo en los bolsillos).

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NICOLÁS.- ¿Qué pasa?

GRACIELA.- Ven. Ven que te presento. (Arrastra a su hijo hasta Cosme). Don Cosme, le presento a mi hijo, Nicolás. (A Nicolás). Hijo, éste es don Cosme. (A Nicolás, tratando de que Cosme no escuche). ¿No recuerdas que habíamos quedado para que lo cuidaras un rato, esta tarde?

NICOLÁS.- ¿No recuerdas que respondí que ni de coña?

GRACIELA.- No. Lo que recuerdo es el precio del móvil último modelo que tanto quieres. Y que yo, de mil amores, quiero regalarte. Pero tengo que trabajar más. Y tú tienes que ayudarme.

NICOLÁS.- Paso.

GRACIELA.- ¿No quieres cuidar a don Cosme? No pasa nada, cariño. Yo me quedo con él, y tú vas a cuidar a los mellizos de la calle Argumosa. Son encantadores. Acaban de cumplir un año y están perfectamente sincronizados: cuando uno hace caca, el otro vomita. Los berrinches los hacen al mismo tiempo y nunca, pero nunca, duermen.

NICOLÁS.- ¿Te lo has estudiado?
GRACIELA.- Me lo apunté. Elige: don Cosme o los mellizos satánicos. NICOLÁS.- Es deprimente.

GRACIELA.- Es trabajo. Te quedas aquí un par de horitas. Ahí mismo está nuestra casa ¿no ves? Don Cosme ya merendó, sólo hay que hacerle compañía. Tranquilo, que no hace nada, se queda así nada más. (A Cosme). ¿Verdad, don Cosme? ¿Verdad que usted no hace nada? (A Nicolás). Te quedas aquí y no te mueves. Ni se te ocurra irte, ¿eh?

NICOLÁS.- Es que… (Resopla).

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GRACIELA.- Ya, ya, hijo, ya lo sé. Don Cosme, aquí lo dejo con mi hijo, es un momentito nada más. ¡Que se diviertan! (A su hijo, mientras se marcha). Ni se te ocurra dejarlo solo. ¡Y vigila que no se ponga azul!

(Graciela se marcha. Nicolás se queda desencajado. Mira fugazmente a Cosme. Se siente observado por las demás personas. Se acerca al banco, se sienta al lado de Cosme y lo vigila de reojo. Se cansa rápido y saca el móvil del bolsillo, la voz sofocada de Cosme lo sorprende).

COSME.- Hablo. Sí. Pero es que tu madre habla mucho y no deja meter baza.

(Sin dejar de mirarlo, Nicolás se guarda el móvil en el bolsillo).

COSME.- ¿Tú eres el manco o el delincuente? (Nicolás saca el muñón del bolsillo y se lo enseña, Cosme asiente y se queda mirando al vacío). Vaya, qué portento. No me malinterpretes, pero me chiflan los mancos. Es que no pensé que te conocería tan rápido, pero ya ves, «maktub: estaba escrito». En el currículum, tu madre pone: «experiencia con discapacitados» y entre paréntesis agrega: «hijo manco». Yo estoy en deuda con un manco. ¿Conoces a René Lavand? (Nicolás niega). ¿No lo conoces? ¿Cómo puede ser? Deberías saber de él, ¡es un manco fantástico! Un ilusionista. Peligrosísimo. ¿Tienes novia? Si tienes novia, ¡cuidado con Lavand! (Pausa. Nicolás saca su móvil, escribe algo y se lo enseña a Cosme). Ahí está, ése es: René Lavand, el mago manco. (A Nicolás, como si René Lavand lo pudiese escuchar desde el teléfono). Aunque no le gusta que lo llamen mago. Es un ilusionista, un virtuoso, un tahúr. (Pausa. Nicolás vuelve a escribir en su móvil, Cosme se incorpora un poco, para cotillear en la pantalla). Con hache, entre la «a» y la «u». Un tahúr que nunca dice lo que hace y nunca hace lo que dice. Tiene una manera de plantarse en el escenario, una cadencia para contar las historias… Con su mirada intensa que… (Gritando al móvil). ¡Robanovias! Ven aquí, ¡robanovias! (Ante el escándalo que monta Cosme, Nicolás se aleja avergonzado, le hace señas para que baje la voz, algunos transeúntes se acercan para ver si Cosme necesita ayuda, Nicolás les explica con señas que no está bien de la cabeza). ¡Ven aquí, René Lavand! ¿Dónde estás? ¡¿Dónde se metió?! Si estaba frente a mí, hace un momento.

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NICOLÁS.- (Desde lejos). La palmó.
COSME.- ¿Quién?
NICOLÁS.- El René Lavand ese, el mago argentino. COSME.- ¡¿Y cómo nadie me ha dicho nada?! NICOLÁS.- Se murió hace dos años, en 2015.

COSME.- ¿¡En 2015!? Pero… ¿En qué año estamos, chaval? (Nicolás mira hacia donde se ha ido su madre, desea que regrese pronto). Perdona, me suele pasar. No recuerdo ni lo que desayuné esta mañana, hay mucha niebla. Pero sí recuerdo de forma nítida la primera vez que vi a René Lavand. ¡Ven, acércate, escucha!

NICOLÁS.- No, no, aquí estoy bien.

COSME.- ¡¡Acércate más!! ¿Me tienes miedo? ¡Mírame! ¡¿Crees que doy miedo?!

NICOLÁS.- Por favor, no grite.

COSME.- ¡No te asustes, que no voy a zamparme tu mano! ¡Ven! ¡Ven o grito! (Nicolás se acerca un paso, Cosme se tranquiliza).

~~~~~~~~

COSME.- Lo recuerdo perfectamente. La primera vez que lo vi a René Lavand fue en México. No, espera, ¡fue en Venezuela! es como si hubiese sido ayer. ¡No, qué digo! Fue en el DF, sí, apunta, fue en México, en el DF, porque yo vivía ahí, por trabajo. ¿De dónde habré sacado «Venezuela»? Si yo jamás en mi vida estuve en Venezuela. Apunta: en México, DF, ahí lo vi a René Lavand por primera vez. Había una muchacha, una güerita, que me gustaba bastante, pero yo era muy tímido, como tú… (Nicolás mira la hora, luego se fija si su madre está regresando, la busca a lo lejos, pero no la encuentra). Te la hago corta: al final, me animé y la invité a un espectáculo de

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variedades. Había: dos cómicos, una vedette y, por el mismo precio, un mago argentino manco. Empezaron los cómicos, flojetes los pobrecitos. Siguió la vedette, plumas, purpurina, aburrido. Y al final, apareció él: René Lavand. La mesa y el paño verde ya estaban dispuestos. Con la güerita estábamos ubicados un poco lejos, había que estar atento para no perder detalle. Él clavó su mirada intensa en el público y ya nos tenía a todos comiendo de su mano.

RENÉ LAVAND.- Alguien dijo, y debe haber sido un sabio, que cuanto más suave es la caricia, más penetra. Yo digo que cuanto más lento el movimiento, más profundamente llega. Trataré de probarlo con seis cartas, solamente. Tres negras y tres rojas… Señores, no se puede hacer más lento…

COSME.- Yo no sé. Era como un embrujo. Una historia detrás de la otra, mientras disponía los juegos de cartas. Sutil, elegante, no podías dejar de mirarlo y pensar «¡qué cabrón!». Porque te despertaba sentimientos encontrados. Era un virtuoso que jugaba con la fragilidad, con el titubeo. Querías que los trucos le salieran bien, pero, a la vez, deseabas que se equivocara. Era como… como… Me cachis, se me ha ido, era… ¿Cómo se llama eso, ese sentimiento horrible…? Ese, cuando uno odia a los demás porque ellos tienen algo que uno no…

NICOLÁS.- Envidia.

COSME.- (Enfadándose, comienza a gritar, a dar manotazos como queriendo coger las palabras en el aire, otra vez llama la atención de los transeúntes). ¡Es que, a veces, se me van las palabras, algunas palabras, es de locos! Palabras comunes, de toda la vida, estaban ahí y… ¿Cómo puede ser?

NICOLÁS.- (Tratando de calmarlo.) ¿Envidia quería decir?
COSME.- No, afasia. ¡Afasia tengo yo! Se me escapan las palabras. Se van. Palabras

normales, de repente se me borran y cuando las necesito… NICOLÁS.- No, lo que me decía antes.

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COSME.- ¡¿Antes de qué?!

NICOLÁS.- No sé, lo de René Lavand, en México… Es igual, déjelo. No se ponga nervioso. ¿No le hará mal hablar tanto?

COSME.- ¿Me tienes miedo? ¿Un gamberro como tú? Vete, vete a robar bicicletas. NICOLÁS.- ¡¿Qué dice?!
COSME.- ¿Tú eras el manco o el delincuente?
NICOLÁS.- ¡Shhhh!

COSME.- A mí no me chistes, ¿eh? No me chistes, que te doy. (Blande un botellín de agua, Nicolás se cubre, Cosme repara en su muñón). ¿Eres el manco? Me chiflan los mancos. ¡Como René Lavand! ¡Apunta, apunta que luego se me va!

RENÉ LAVAND.- (Mientras ejecuta la ilusión). Este juego encarna toda una filosofía sobre la belleza de lo simple, no de la simpleza. De lo simple. Son tres migas y un pocillo. Y eso es todo. Aprendí mucho de esto escuchando a Beethoven, con cuatro notas logra el segundo movimiento de su Claro de Luna. Qué cosa simple ¿no? pero no simpleza. (…) Miren (enseña las migas) una, dos y tres, ni una más ni una menos. Ya lo dije hoy: nada obnubila tanto como la verdad. (Mete dos migas en el pocillo). Una, dos, y esta otra, al bolsillo (la guarda). (Mira adentro del pocillo y se sonríe) y siempre tengo tres migas. (Vuelca tres migas sobre el tapete). No me pregunten por qué. Tiene la belleza de lo simple. Eso es todo (repite la operación, en bucle). Qué bonito. Es un tanto, un tanto histerizante, qué digo histerizante, ¡es desesperante! Puedo pasarme veinticuatro horas, así. Miren, puedo tirar una afuera (en vez de guardarla en el bolsillo, arroja la miga al suelo), pero siempre tengo tres (otra vez, salen del pocillo tres migas).

GÜERITA.- Qué calor que hace aquí, ¿no?
COSME.- (En el pasado, la mirada abducida en René Lavand). No.

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RENÉ LAVAND.- (Continúa con la ilusión de las migas, algunos transeúntes se detienen a escuchar el relato, Nicolás mira la hora y resopla). Había un chino, Li Po, en el siglo XVII después de Cristo, muerto el hombre, ya. Que dicen que jugaba con tres perlas o tres migas, mientras recitaba sus bellos poemas a la luna y al vino. Él era un enfermo alcohólico y murió desbarrancado en un río de oriente a raíz de una borrachera. Quizás quiso beberse la luna reflejada en el río y el vino lo traicionó. Yo quiero hacerle un homenaje con mis tres migas a Li Po. Así decía Li Po: (Ilustra el relato con el juego de las migas). «Tomo una botella de vino y me voy a beberla entre las flores, siempre somos tres, contando a mi sombra y a mi amiga la Luna. Cuando canto, la Luna me escucha, cuando bailo, mi sombra también baila; terminada la fiesta, los invitados deben de partir; yo desconozco esa tristeza. Cuando marcho hacia mi casa, siempre somos tres: me acompaña la Luna y me sigue mi sombra». Qué bonito.

GÜERITA.- (Se quita un poco el abrigo, insinuante). ¿No me buscarías otro refresco?

COSME.- (En el pasado, siempre mirando a René Lavand).- No. Sí. Después.

RENÉ LAVAND.- (Continúa con la ilusión de las migas). Hay gente que es así, como Li Po, tan necesaria. Hay gente que con solo decir una palabra, llega a todos los límites del alma: alimenta una flor, arranca sueños y hace brincar el vino en las tinajas y luego se queda así, como si nada. Hay gente que es así, como Li Po, tan necesaria. Pero les voy a repetir la cuarteta de Li Po, la última, porque a lo mejor, por ver los hilos de las marionetas, no la escucharon y es muy bella…

GÜERITA.- ¿Sabes qué? ¿Y si nos vamos a otro lugar, solitos?

(Cosme le chista bruscamente, sin mirarla. Ella se marcha, ofendida. Cosme ni se percata).

RENÉ LAVAND.-…nos va pasar ahora, cuando nos despidamos quién sabe hasta cuándo, quizá sea la última vez que nos veamos. Es la vida del artista y sus públicos. Dice así Li Po: “Terminada la noche, o terminada la fiesta (mete una bolita en el pocillo), los invitados deben de partir, yo desconozco esa tristeza (Mete la otra y se guarda en el bolsillo la tercera). Cuando marcho hacia mi casa, siempre somos tres, me acompaña la

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Luna y me sigue mi sombra (Mira adentro del pocillo). Creo que no me olvido de nada, señores, de nada (empuja el pocillo y deja ver que está vacío, que las migas han desaparecido, los transeúntes expresan asombro). Gracias a todos, deseo que hayan visto este juego con los ojos del alma.

COSME.- ¡¿Adónde están?! ¡¿Adónde las metió?! (Nicolás permanece lejos, Cosme busca con la mirada). ¡El pocillo estaba vacío! ¡Desapareció todo! ¡Las bolitas, la güerita! Nunca más la vi. Un brujo, era. ¡Un brujo! ¿Dónde está el hijo manco? (Lo encuentra). ¡Acércate chaval!

NICOLÁS.- Vale, pero… (gesticula pidiendo calma).

COSME.- Un amigo de Lavand, un marroquí, dijo muchos años después «René Lavand no es manco, le sobra una mano». ¿Entiendes? ¿Eh? ¡Le sobra! ¡Apunta! «No es manco, le sobra una mano» Apunta que luego, luego se me va…

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COSME.- (Lleva un rato hablando, Nicolás está despatarrado en el banco, adormecido, no le presta atención en absoluto). … pasaron los años y yo volví a mi Granada querida. Me reencontré con una amiga de la infancia y me enamoré. La relación se afianzó y ya estaba dispuesto todo para la boda. Pero quiso el destino, «maktub: estaba escrito», diría Lavand; quiso el destino que el mago manco presentara su espectáculo allí, en Granada. ¡¿Lo puedes creer?! ¿Eh, Chaval? ¡René Lavand en Granada! (Mira a Nicolás, lo descubre dormitando). ¡Chaval! ¡Eh! ¿Me oyes? (Lo salpica con agua del botellín, Nicolás se sobresalta). ¡Despierta! ¡Despierta! ¿Por qué no estás apuntando? ¿No ves que esto es importante? ¿Por dónde iba? ¡Chaval, que te despiertes! (Lo vuelve a salpicar). Apunta, que se me va. René Lavand en Granada, y yo, que me moría por ir, por volver a verlo, pero no quería perder otra novia. Así estuve unos días, atontado y al final, fue ella la que me sorprendió con dos entradas. «Ya está», pensé. «Ya está». ¡No te duermas, que ahora viene lo mejor! Era una noche estupenda. Yo la llevaba del brazo. Orgulloso con mi novia radiante. Ella tenía el pelo atado con un lazo y un vestido de verano con los hombros descubiertos… Teníamos asientos en primera fila. Lavand, para esa época, ya incorporaba dos «avales» del público. Y, sí. Nos tocó a nosotros. Apunta:

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RENÉ LAVAND.- Gracias a ustedes por aceptar mi invitación, porque ustedes serán los avales de que yo no miento. Bueh, que no miento más que lo justo, preciso y necesario. Que la mentira de este arte me otorga como un verdadero derecho.

COSME.- Teníamos que dar fe de la ilusión. Subimos y nos sentamos, uno a cada lado de René Lavand. Era un privilegio y un castigo, ahí mismo, tan cerca. Yo temblaba, tenía miedo de que se me escape otra novia, o a lo mejor, temía descubrir los trucos. La única ventaja de ese lugar era que mi novia no podría marcharse ofendida. Por lo menos, no en el medio de la función, no desde arriba del escenario, ¡la estaba mirando todo el mundo!

RENÉ LAVAND.- (Mientras baraja las cartas de manera exquisita). Nadie la pintó mejor que Homero Manzi ¿no? textualmente la cuarteta dice así: «Cuarenta cartones pintados con palos de ensueño, de engaño y de amor. La vida es un mazo marcado. Baraja las cartas la mano de Dios». Y es que las cartas son místicas. Es que las cartas son rituales antiguos y misteriosos. Mucha gente me pregunta cómo me hice artista. Yo creo que fue la vida misma que me hizo, ¿no? Esa vida que a veces tan cruelmente nos quita y a veces tan generosamente nos da. Hace muchos años, tenía yo nueve, perdí una mano. Y hace muchos años también, tenía yo treinta, supe por qué.

COSME.- Y ya estaba otra vez a merced de Lavand. De su encanto, de sus engaños perfectos y elegantes. Dócil, como el mazo de… de… ¡me cachis! ¿cómo se llaman? los cartones… son así (Ilustra un pequeño rectángulo con la mano). Para jugar…

NICOLÁS.- (Sin ningún tipo de emoción). Cartas.

COSME.- Apunta: dócil como el mazo de cartas que él barajaba.

RENÉ LAVAND.-…todo está escrito. Todo está escrito en el Génesis. Pero me gustaría terminar este divertimento con un clímax digno (a Cosme, a la vez que le da el mazo). ¿Quiere mezclar, por favor? Mezcle libremente. (Cosme mezcla las cartas, con emoción torpe, René se dirige a los dos). Perdón, ¿qué son ustedes? Perdón, no es que quiera inmiscuirme, pero ¿son matrimonio? ¿Son pareja? ¿Son familia?

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NOVIA.- (Extasiada, sin quitar la vista en René Lavand). No, nada.

COSME.- (A Nicolás y el pequeño público que se ha congregado). Así, delante de todos, «nada» dijo ¿os lo podéis creer? Y yo, más torpe, todavía. Oscureciendo, en vez de aclarar, le digo, delante de René Lavand y todo su público: (A la novia). Somos novios, mi cielo, nos vamos a casar en dos semanas.

NOVIA.- (Sin quitar la vista de René Lavand). Ay, sí, qué tonta. Sí, eso, eso.

COSME.- René Lavand era un caballero, sorteó el bache restándole importancia y siguió con su número. Pero a mí, ese lapsus me liberó del hechizo. No te negaré que el resto de la noche tuve un ojo puesto en Lavand, era irresistible. Pero con mi otro ojo pude vislumbrar que, en realidad, casi no conocía a mi prometida. O más bien, no le conocía esa mirada. Y llegaron los celos para amargarme la noche. Vi en los ojos de ella la obnubilación. Tuve la certeza de que nunca me había mirado de esa manera y la incertidumbre de que, muy probablemente, nunca lo haría. Supe que la había perdido. Después de la expresión de su rostro para Lavand, cualquier otra que me dedicara, estaría vacía. La boda se canceló. Y ni siquiera me costó convencerla. Yo creo que ella también lo entendió así. Al poco tiempo, conocí a Alicia, mi compañera de vida. No te aburriré con detalles felices. El amor se construye de a dos y no hay más. Las piezas encajan y punto. La miras y piensas: «maktub: estaba escrito». Eso sí: jamás, en la vida del Señor, siquiera se me pasó por la cabeza llevarla a ver a René Lavand. Los años, las décadas, volaron. Me levanté una mañana, hace poco, hace mucho, no lo sé, pero un día fui a coger la taza del café… Y no atinaba. La miraba fijo, me concentraba en la taza, pero la mano no me obedecía. Iba muy a la derecha o muy a la izquierda; o se quedaba corta. Conocía los síntomas, por mi padre. Supe que era una carrera contra el tiempo. Perdería facultades a golpe de infarto cerebral. Pensé en mi mujer, despidiéndonos de a trozos. Y quiero creer que fue para que ella sufra menos. Pero, entre tú y yo, chaval, fue por el egoísmo de deleitarme una vez más, una última vez, con las migas de «Li Po». Y otra vez, como si fuese un truco de Lavand hecho exclusivamente para mí: ¡¡«maktub: estaba escrito»!! ¡¡Anunciaban la función en el periódico!! Fue su última gira por España. (A Alicia). Cariño, la semana que viene, quisiera que fuéramos a ver a un mago manco argentino: El gran René Lavand.

Agustina Rimondi: El brazo robótico 12

NICOLÁS.- Lavand no le roba las novias. Usted las pierde.

COSME.- ¡Si serás…! Puede ser… Hay que ver, chaval. Hablas poco, pero dices lo justo. Que lo sepas. Lavand decía: «un brazo vale cien brazos si lo dirige un cerebro ilustrado». Apunta. Apunta que luego a mí se me va… ¿Te acordarás, chaval? Tú juegas con ventaja. Apunta ¿Te acordarás? Un día de estos, la nitidez se va a ir. O no encontraré las palabras y dejaré de hablar, como mi padre. ¿Te acordarás tú por mí, chaval? ¿Eh? «Yo vi actuar a René Lavand». ¿Qué haces que no apuntas? ¡Apunta! (Lo salpica con agua del botellín, Nicolás se harta). ¡Apunta! gamberro, ¡apunta! Es tu trabajo. ¿No quieres comprarte la prótesis para tu cumpleaños?

NICOLÁS.- Un móvil nuevo me quiero comprar.

COSME.- Qué va, si tu madre ya te ha conseguido el brazo robótico.

NICOLÁS.- ¡¿Qué?!

COSME.- El brazo robótico del muerto, se lo compró a la familia… Uhh, espera, no tendría que habértelo dicho.

NICOLÁS.- ¿Qué brazo robótico? ¡¿Qué muerto?!

COSME.- Es una sorpresa de tu madre. Tú pon cara de sorpresa, cuando te lo dé. Y dices algo así como «no me lo esperaba, es estupendo» Apunta: Cara de sorpresa y ¿chaval? ¿Me estás escuchando? ¡Apunta!

NICOLÁS.- Apunto, apunto. (Con dificultad, con la mano y el muñón, mueve la silla de ruedas de Cosme, toma distancia y la aparca bruscamente contra el banco, de espaldas a su casa, y se mete en el edificio).

COSME.- ¿Chaval? ¡Chaval! (Lo busca girándose, hasta donde le llega la mirada). ¿Dónde estás? ¡Regresa! (Se mira las manos). Juraría que me estoy poniendo azul.

Agustina Rimondi: El brazo robótico 13