TEXTOS GANADORES

I CERTAMEN DE TEXTOS BREVES DE TEATRO “FRANCISCO NIEVA. AÑO 2015

 

ÍNDICE

ESTACIÓN ANTÓN MARTÍN …………………………………………………………………………………………….. 2

LA VIDA………………………………………………………………………………………………………………………. 10

NO ESTOY DE ACUERDO CON VOS …………………………………………………………………………………. 24

 

 

 

ESTACIÓN ANTÓN MARTÍN GUILLERMO HERAS

 

(Andén en la estación de metro de Antón Martín. Es ya tarde. En uno de los bancos, un Hombre y una Mujer)

Hombre.- Parece que tarda.
Mujer.- A esta hora……
Hombre.- ¿Usted cree que es normal?
Mujer.- No sé, podría ser de otro modo. Pero vivimos en la normalidad de lo anormal. Hombre.- Siempre nos acostumbramos a esas paradojas.

Mujer.- De todas formas hay cosas peores que los retrasos en los servicios públicos. Hombre.- Sí. Los retrasos en las urgencias hospitalarias.
Mujer.- O el retraso en la devolución de los impuestos.
Hombre.- ¿No cree que ya se está retrasando mucho?

Mujer.- A esta hora……
Hombre.- Usted sabe quien era Antón Martín.
Mujer.- Alguien que dio nombre a esta estación.
Hombre.- ¿Sabe cual era su profesión?
Mujer.- Ni idea. ¿Algún literato?
Hombre.- No. Un gran hombre nacido en el 1500.
Mujer.- Hace mucho tiempo…..
Hombre.- Más de quinientos años.
Mujer.- Yo creía que no se ponían nombres tan antiguos a las estaciones de metro. Hombre.- Lo dice por SOL VODAFONE…
Mujer.- No, por Santiago Bernabéu.
Hombre.- Ah, le gusta el fútbol.

Mujer.- No. Lo detesto, por eso sé quién era ese hombre.

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Hombre.- Raro que le hayan puesto el nombre a una estación de metro. Mujer.- Seguro que con las influencias que tenía….

Hombre.- Seguro. Por eso da rabia que se le compare con Tirso de Molina, Velázquez, Quevedo, Goya, Antonio Machado……o con Antón Martin.

Mujer.- Ahora, hasta la fama se puede comprar con dinero.

Hombre.- Ahora y siempre.

Mujer.- ¿Y a qué se dedicaba el señor Martín?

Hombre.- Me alegra que me haga esa pregunta….precisamente, y debido a mi trabajo acabo de tener que indagar en la vida de Don Antón.

Mujer.- Espero que sea breve y le dé tiempo a contármelo antes de que llegue el metro.

Hombre.- Nunca se sabe.

Mujer.- Desde luego, hoy, no lo sabemos.

Hombre.- Ellos a lo suyo.

Mujer.- Mire que si en una de estas no acaba de llegar.

Hombre.- Lo raro es que en el andén estamos solos nosotros dos.

Mujer.- Pero aún es hora de que pasen.

Hombre.- Al menos, los dos últimos.

Mujer.- Me está empezando a entrar un poco de angustia.

Hombre.- No se preocupe, mujer, aquí estoy yo para protegerla.

Mujer.- No, si en parte es por eso….

Hombre.- ¿Por qué….eso?

Mujer.- Pues no sé, me parece muy raro una persona que sabe todo de Antón Martín en la estación de metro de Antón Martín.

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Hombre.- Si es por eso, no se preocupe, también me sé la de Tirso de Molina, San Bernardo, Goya, Menéndez Pelayo, Ventura Rodríguez, Alonso Martínez, Alfonso XIII, Diego de León, Eugenia de Montijo, Núñez de Balboa, Guzmán el Bueno….(Ella le corta)

Mujer.- ¿Y la de Paco de Lucía?
Hombre.- Ese artista es muy reciente. Aún no he llegado a estudiarlo a fondo. Mujer.- ¿Y no se agobia con tanto nombre?
Hombre.- Un parado, como yo, en algo tiene que pasar su tiempo.
Mujer.- Entonces ¿no trabaja para una empresa?
Hombre.- Soy autónomo. Lo hago por el afán de saber y superarme.
Mujer.- ¿Solo por eso?

Hombre.- Y por qué estoy seguro que, tarde o temprano, alguien me llamará para aprovechar mis conocimientos. Leí una novela de un autor italiano que trataba de un tipo que en, la redacción de un periódico portugués, solo se ocupaba de preparar las posibles notas necrológicas de grandes personalidades que aún no habían muerto. Así cuando se producía el fallecimiento bastaba con tirar de archivo y publicarla. Yo preparo sinopsis de personajes que dan nombres a las estaciones de metro y pueden cumplir un aniversario o dedicárseles algún homenaje. Y ahí aparezco yo con todo preparado.

Mujer.- Muy original.
Hombre.- Se nos ha ido el hilo. Usted me preguntó quién fue Antón Martín. Mujer.- Perdone, pero yo solo lo hice por pasar el tiempo. Fue usted quién…

Hombre.- Bueno, eso no tiene importancia. Como le decía, Antón Martín de Dios, nació en Mira, en la provincia de Cuenca el 25 de marzo de marzo de 1500 y murió, aquí, en Madrid en 1553. Primero fue militar, pero al conocer que su hermano Pedro había muerto en Granada, a manos del hermano de una mujer con quien había rechazado casarse, marchó a esa ciudad para vengarle. Pero allí conoció a Juan de Dios, un religioso dedicado a la caridad y este le convenció para que dejase sus planes de

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venganza. Lo hizo y poco después se unió al religioso en su tarea de caridad en el Hospital de Granada, donde acabó dirigiendo la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Más tarde, Antón Martín, se trasladó a Madrid y fundó un hospital en un terreno muy cercano a esta estación, precisamente en la calle Atocha. Unió luego varios hospitales y acabó por convertirse en una referencia obligada de la ciencia de la España de aquel entonces.

Mujer.- (Un tanto perpleja). Ya…… ¿y? Hombre.- ¿Y? ¿Qué?

Mujer.- No sé, con tantas cosas que hoy hay que saber no acabo de ver la utilidad de conocer, tan a fondo, a este ilustre señor.

Hombre.-Parece que no entendió mi explicación. Ya le dicho que cuando menos se espera, salta la liebre.

Mujer.- Pero el aniversario próximo de este señor sería en el 2500….no sé si para entonces su saber será muy útil.

Hombre.- Pero las variantes son múltiples: la inauguración de esta estación, la muerte de algún coetáneo, la recuperación de las ruinas de alguno de aquellos hospitales.

Mujer.- Puede que lleve razón.

Hombre.- Hay razones que la razón no comprende.

Mujer.- Muy bonito.

Hombre.- No es mío.

Mujer.- Parece que como casi todo.

Hombre.- También hay talento en saber citar. Incluso en el plagio. No es fácil saber copiar con elegancia. Hay cuadros falsificados que no se sabrían distinguir del original.

Mujer.- Y el metro sin venir.
Hombre.- Fíjese que a mí este fastidio me está empezando a dar satisfacción. Mujer.- No le entiendo.

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Hombre.- Pues, por la posibilidad de que se haya desarrollado esta agradable conversación.

Mujer.- A veces es mejor solo hablar del tiempo.

Hombre.- ¿Cómo puede usted decir eso? A mí me encanta conversar sobre cualquier tema.

Mujer.- Pues podría dedicarse a ser tertuliano en las radios y televisiones. Hombre.- Lo intenté, pero me rechazaron.
Mujer.- ¡No es posible! ¿Con esos impresentables que tienen en los platós?

Hombre.- Dijeron que no era lo suficiente mordaz. Vamos que no se me daba bien insultar mientras razonaba sobre las preferentes, los delirios de Florentino Pérez, el peinado de la reina o la prima de riesgo.

Mujer.- Siempre me pregunté por qué opinan de todo estas personas.

Hombre.- Se podría decir que son como la gente del Renacimiento pero sin preparación artística.

Mujer.- O, simplemente, que esta sociedad en la que vivimos es capaz de aguantar a cualquier tipo de imbécil.

Hombre.- No se ponga tan radical, de algo hay que vivir.

Mujer.- Sí, es cierto, pero como alguno le tenemos que oír en los desayunos, al mediodía, en la tarde y en la noche, a veces tengo la sensación de que no pueden tener tiempo para prepararse sobre lo que van a hablar.

Hombre.- Eso es lo de menos. No se ha cuenta que siempre están con la Tablet.

Mujer.- Entre Antón Martín y el recuerdo de las malditas tertulias está acabando por producirme una confusión mareante.

Hombre.- Puedo ofrecerle un paracetamol o un chicle contra el tabaco. Mujer.- Pero si yo no fumo.
Hombre.- Bueno, bueno….no pierda los nervios.

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Mujer.- Y yo que pensaba llegar a tiempo a casa para ver un capítulo de “Juego de Tronos”.

Hombre.- A mí me gustaba más “Isabel” Mujer.- Es que usted es un recio castellano.

(En ese momento, se oye a lo lejos la llegada del metro)

Hombre.- Por fin, ya pensaba que nos quedábamos aquí toda la noche. Mujer.- Por un momento tuve miedo de que eso ocurriera.

Hombre.- No habría caso. Yo la hubiera protegido….además tendríamos la ayuda desde el más allá de Don Antón Martín.

Mujer.- Sabe una cosa….se ha hecho muy tarde. Voy a subir a tomar un taxi. Adiós, que tenga usted mucha suerte con su esfuerzo histórico.

Hombre.- Pero mujer, ahora que ya está llegando el metro.

Mujer.- Por eso. Me parece que después de esta inesperada sesión, necesito tomar el aire. Buenas noches (Se va cuando ya está entrando el metro en el andén)

Hombre.- ¡Que raras son algunas personas! La próxima vez tendré que cambiar de estrategia. Recitaré unos versos de Quevedo:

(Mientras para el metro, se abren las puertas y entra en el vagón) Su cuerpo dejaré, no su cuidado
Serán ceniza, más tendrá sentido
Polvo serán, más polvo enamorado

(OSCURO)

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LA VIDA

PEDRO VÍLLORA

 

 

…el tiempo sobre la piel de la vida Joaquín Araújo, El calendario de la vida

El escenario semeja un espacio al aire libre. Las niñas Ariel y Estela entran llevando unas palas que abultan más que ellas. Se paran en el centro y dejan las herramientas en el suelo. Ariel se sienta, mostrando claros signos de cansancio: resopla, se queja… Estela da lentamente una vuelta sobre sí misma contemplando el panorama; en alguna ocasión se pone la mano sobre los ojos para que no le moleste el sol o bien intentando concentrarse en algún elemento que haya podido ver. Se vuelve a Ariel:

ESTELA: ¿No me lo vas a preguntar?
ARIEL: Estoy harta de preguntártelo.
ESTELA: Porque antes no era el momento.
ARIEL: Nunca lo era.
ESTELA: No.
ARIEL: ¿Y ahora?
ESTELA: ¿Ahora?
ARIEL: ¿Es el momento?
ESTELA: No sé, Ariel. Prueba.
ARIEL: ¿Y si vuelve a ser que no?
ESTELA: Entonces será que no lo es.
ARIEL: Estela… Podrías decírmelo sin tener que preguntar. ESTELA: Así no son las cosas. Pregunta.
ARIEL: Pregunto. ¿Es aquí?

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Estela vuelve a mirar alrededor, aunque sin tomarse tanto tiempo.

ARIEL: Sabía que no. Lo sabía. Estoy harta de este juego. ESTELA: Es aquí.
ARIEL: ¿Qué dices?
ESTELA: Aquí. Es aquí. Este es el sitio.

ARIEL: ¿Te estás quedando conmigo, Estela? ESTELA: Ahí. Justo donde estás sentada.

Ariel se levanta de un salto.

ARIEL: No lo estarás diciendo sólo para que me ponga de pie, ¿verdad? ESTELA: Obsérvalo tú misma.

Ariel reproduce la acción de Estela observando alrededor de ella.

ESTELA: ¿Lo ves?

ARIEL: Veo álamos y chopos, chopos y álamos. Todos muy lejos.

ESTELA: Eso es sólo una parte, Ariel. Mira mejor.

ARIEL: No veo nada más. ¿Qué se supone que tendría que ver? ¿Robles, castaños, cipreses?

ESTELA: No hay que suponer nada, Ariel. Lo ves o no lo ves.

ARIEL: ¿Y qué pasa si no lo veo?

ESTELA: No pasa nada. Esto no es un concurso.

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ARIEL: Pero a lo mejor sí es cuestión de suerte. Y tú, Estela, tienes más suerte que yo.

ESTELA: ¿Suerte de la buena o suerte de la mala? ARIEL: Deja de jugar conmigo.
ESTELA: No lo haré más.
ARIEL: Dímelo tú.

ESTELA: ¿El qué?
ARIEL: Lo que ves, lo que debería ver pero no veo. ESTELA: Es distinto según el lado. Ven, ponte conmigo.

Estela y Ariel se aproximan. Estela apoya una mano en el hombro de su amiga, extiende el otro brazo y señala algo en la lejanía.

ESTELA: Allí.

ARIEL: ¿Aquel punto amarillo? ¿Qué es?

ESTELA: Es el verano. Su movimiento es el de las aves que comienzan a formar bandadas para pronto desplazarse hacia el sur. No son todas, claro, porque los alcaravanes y algunos halcones están naciendo en este momento o incluso están incubando aún; y también hay que descontar a las que apenas vuelan, las perdices rojas, desparramándose por todas partes recién salidas del cascarón. Pero las golondrinas, los vencejos, las cigüeñas blancas y las grullas ya han empezado su viaje, seguidas de cerca por águilas y cernícalos.

ARIEL: ¡Las aves!

ESTELA: Y las mariposas ocupan su lugar en el aire. Y con ellas casi todos los insectos, las luciérnagas, las libélulas, las avispas…, multiplicándose y revoloteando. Los osos y los corzos, enemigos entre sí, conocen el celo casi al mismo

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tiempo. Los pequeños linces se asoman a la intemperie, los ciervos se buscan y se encuentran, y los conejos proliferan, igual que los erizos…

ARIEL: ¡El verano!
ESTELA: Aquel punto amarillo es el verano, ¡el verano! ¿Lo ves ahora? ARIEL: Lo veo, sí.
ESTELA: Mira allí.

Estela se vuelve y gira también a Ariel. Ahora señala justo en el sentido contrario al anterior.

ESTELA: ¿Sabes qué es?
ARIEL: ¿Eso gris plata, casi azul? ESTELA: Es el invierno.
ARIEL: ¿El frío?

ESTELA: El frío no. El invierno. El bellísimo invierno. El aire limpio, la chirivita floreciendo, la cigüeña que regresa. Hay cuervos y osos que nacen mientras los tejones y los lirones duermen. También las ardillas y los lobos aprenden a amarse, aunque no los unos a los otros, bajo la flor del sauce, del aliso o del tejo. En lo alto, el buitre leonado y el búho real salen del huevo mientras, en lo más profundo, alguna tortuga pone el suyo. Los ciervos pierden sus cuernos entre brezos, y quizá los jóvenes linces y zorros jueguen con ellos.

ARIEL: Pero el frío…

ESTELA: El águila real prepara su nido, y el del ratón de campo se llena de descendencia. Los lebratillos se atreven a alejarse de sus agujeros y el somormujo conoce a quien será su pareja. Los turones comparten madrigueras y los jabatos aún no abandonan la compañía de las madres jabalinas. En el río aquel, al primer alevín de trucha le siguen varios miles.

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ARIEL: El invierno, Estela, sí, pero también el frío…

ESTELA: La conservación, el silencio, el descanso. El tiempo de amar y dormir en compañía. Pregúntale al almendro si rechaza el invierno. Habla con los ranúnculos, con la encina, con el romero… Que te digan si vale la pena abrirse al invierno.

ARIEL: En invierno los álamos se quedan sin hojas.

ESTELA: Pero no el pino, ni el abeto. Y el álamo, como el roble, es paciente y aguarda su turno.

ARIEL: Tal vez sea así, pero el frío es el frío.

Estela agarra el brazo de Ariel y con él señala un lugar diferente de los dos anteriores.

ARIEL: ¡Ay, que me haces daño!
ESTELA: ¿Qué color es aquel?
ARIEL: Marrón… No, ocre… Me parece que es dorado.

ESTELA: Es la hojarasca cubriendo el suelo, desplazándose entre los árboles en pequeños remolinos. Es el brillo de la lluvia ocasional que humedece las hojas secas.

ARIEL: ¡Ya sé lo que es!
ESTELA: ¿Sí?
ARIEL: Eso es el otoño.
ESTELA: ¿Y si te digo que no?
ARIEL: No me lo dirías, porque estarías mintiendo.

ESTELA: Es el otoño. Repleto de frutos y bayas. Castañas, endrinas, higos, arándanos, bellotas, avellanas, moras, aceitunas, nueces… Y uvas. Los dulces granos de

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uva reventando en las vides y parras para ser picoteados por alondras, estorninos y avefrías. En los troncos de casi todos los árboles verdea el muérdago y a sus pies se agolpan hongos y setas.

ARIEL: ¡Hmm, los ricos frutos del otoño!

ESTELA: Y mires donde mires verás las grullas, y con suerte oirás a los gamos, los ciervos, los muflones, las cabras, los corzos… Luchan y pierden, luchan y ganan, luchan y se llaman con barridos violentos pero amorosos. El bosque se llena de gritos de amor desaforado entre seres majestuosos y altivos. La vida está en el exterior. Sólo los reptiles y los anfibios se esconden en el otoño para salir de sus albergues nada más que en los días de lluvia.

ARIEL: No me has enseñado todo. Falta una cosa. ESTELA: Ahí está.

Estela se da media vuelta y levanta el brazo señalando. Ariel mira hacia donde apunta su amiga y sonríe.

ARIEL: ¡Verde!

ESTELA: Verde intenso.

ARIEL: ¡Y rojo!

ESTELA: A punto de estallar.

ARIEL: Adoro la primavera.

ESTELA: ¿Quién no? Los vencejos y ruiseñores llegan de sus viajes y traen con ellos a las abubillas y las oropéndolas.

ARIEL: No me describas la primavera.
ESTELA: Los ciervos, las nutrias y los zorros dan a luz a sus crías. ARIEL: Sé muy bien lo que es la primavera.

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ESTELA: Las ranas no paran de croar mientras se fecundan entre el olor de retamas y las peonías. El campo entero se llena de amapolas que acogen topillos y garzas en tanto proliferan las abejas.

ARIEL: Te digo que no hace falta que me digas lo que es la primavera. Es mi estación favorita. Ojalá todo fuese siempre una primavera sin fin.

ESTELA: El otoño también es bello; y el verano y el invierno son igualmente bellos.

ARIEL: Lo son. No digo que no lo sean. Lo son. Preferir uno no es minusvalorar los demás.

ESTELA: ¿Entonces?
ARIEL: ¿Sí?
ESTELA: ¿Te convences de que este es el lugar?
ARIEL: Eres tú la que tiene que estar segura.
ESTELA: Yo lo estoy.
ARIEL: En ese caso, yo también. ¿Por dónde empezamos? ESTELA: Lo primero es lo primero.

Ariel y Estela cogen las palas y escarban en el punto que habían indicado al principio y desde el que estaban hablando.

ARIEL: ¿Tiene que ser muy profundo?

ESTELA: No. Con medio metro habrá suficiente.

ARIEL: Se trabaja muy bien esta tierra. Creí que iba a costarme más, pero sale con facilidad.

ESTELA: No es tierra. Es turba. Muy porosa. Es material orgánico que se utiliza para plantas y cultivos.

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ARIEL: ¿Sabías que este suelo era así?

ESTELA: Lo sospechaba, pero nada más. Intuía que no íbamos a tener grandes dificultades.

ARIEL: ¿Y eso?

ESTELA: Casi todo el esfuerzo lo hacemos nosotras, de acuerdo, pero algo tendrían ellos que poner de su parte, ¿no?

ARIEL: Desde luego. ¿Te parece que ya es suficiente? ESTELA: Déjame ver…

Estela se mete dentro del agujero.

ESTELA: No. Un poco más.

ARIEL: Nunca había hecho esto.

ESTELA: Ni yo.

ARIEL: A lo mejor nunca nadie lo ha hecho hasta ahora. Seremos las primeras. ¿Cómo se llama a las primeras que hacen algo?

ESTELA: Pioneras.

ARIEL: Eso es. Seremos las pioneras. El mundo entero recordará nuestro nombre. Nos admirarán en todas partes.

ESTELA: No hacemos esto para hacernos famosas…
ARIEL: Pero lo seremos.
ESTELA: …Ni para darnos aires de nada, y mucho menos para que nos tengan envidia. ARIEL: Yo no he dicho nada de envidias.
ESTELA: Por si acaso… Lo hacemos porque tenemos que hacerlo. Es una misión.

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ARIEL: Lo sé… Un deber, un compromiso.

ESTELA: Eso es… Un deber y un compromiso. Un deber con todos y un compromiso con nosotras mismas. La fama es un accidente, no un logro y mucho menos un objetivo.

ARIEL: Ahora te acabas de poner redicha.

ESTELA: Lo siento. Me ha salido así. Pero yo me entiendo y sé que tú también me entiendes.

ARIEL: Pues claro que te entiendo, Estela. Si alguien te envidia, no te preocupes que seré yo.

ESTELA: No tienes nada que envidiar.

ARIEL: Eres muy valiente. Yo no sé si podría.

ESTELA: Seguro que sí, ¿por qué no? La próxima vez te tocará a ti y lo harás muy bien. Ya lo verás.

ARIEL: Gracias. Eres una buena amiga.
ESTELA: Y ahora eres tú la que se pone cursi… Mira, creo que esto ya está.

Vuelve a meterse en el agujero. El suelo le llega aproximadamente por las rodillas.

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ARIEL: El tamaño justo. ESTELA: ¿Quieres probar tú? ARIEL: Bueno…

Estela sale y se mete Ariel.

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ESTELA: ¿Qué tal se está ahí?
ARIEL: Se ve distinto. No sabía que fueses tan alta.
ESTELA: Siempre he sido más alta que tú. Pronto dejaré de serlo.

Ariel sale del agujero.

ARIEL: ¿Y ahora…?
ESTELA: Podría descalzarme, ¿no? A lo mejor me molestan las botas.
ARIEL: Pero vas a coger humedad.
ESTELA: Ya, pero igual es mejor no interponer nada en el contacto con la tierra. ARIEL: La turba.
ESTELA: Eso, la turba. Lo demás vas a tener que hacerlo tú.
ARIEL: Estoy lista. Cuando quieras.
ESTELA: Allá voy. Deséame suerte.
ARIEL: Sé que la vas a tener… Suerte de la buena, la mejor.

Estela, una vez descalza, se introduce de nuevo en el agujero. Ariel utiliza la pala para rellenar el hueco. Al terminar, golpea para apelmazar.

ARIEL: Esto ya está. Intenta moverte.

Estela se mueve un poco.

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ARIEL: ¿Qué tal?

ESTELA: Bien firme. A salvo de huracanes.

ARIEL: Ningún tornado te arrancará del suelo.

ESTELA: Ninguno.

ARIEL: ¿Y ahora?

ESTELA: Siempre serás la misma impaciente. Ahora hay que esperar. Tan solo esperar.

ARIEL: ¿Tardarán mucho en crecerte las raíces?

ESTELA: Esperaré todo el tiempo necesario. No tenemos nada mejor que hacer.

ARIEL: ¿Quieres que te espante los pájaros?

ESTELA: ¡Qué dices! Ojalá se me posase alguno. Un carbonero, por ejemplo.

ARIEL: Mejor una mariposa.

ESTELA: Sí, eso también. Pero si ves que me suben las procesionarias las puedes quitar.

ARIEL: ¿Notas ya algo?

ESTELA: Un cosquilleo. Será la savia que empieza a fluir.

ARIEL: Estela…

ESTELA: ¿Sí?

ARIEL: Si me duermo, ¿te importaría que me echase debajo de ti? Me gustaría que me dieses sombra con los brazos.

ESTELA: Estaré encantada de servirte de ayuda. ¿Oyes?

El ambiente se llena de trinos.

ARIEL: Ya están aquí.

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ESTELA: Ya están aquí. Una vez más.
ARIEL: Conseguirás que no sea la última.
ESTELA: Conseguiremos, Ariel. Tú y yo, y alguien más. Conseguiremos.

Ariel se tumba al lado de Estela. Sube el volumen de los trinos que, poco a poco, van mezclándose con ruidos mecánicos, pitos de coches y otros sonidos de la civilización verdaderamente ensordecedores. Oscuro. FIN.

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NO ESTOY DE ACUERDO CON VOS

CHEMA RODRÍGUEZ-CALDERÓN

Sainete histórico fantástico que narra el mágico encuentro jamás contado entre Antón Martín y Juan Gómez de Mora.

FRANCISCO debe vestir y tener una apariencia lo más fiel posible al personaje. Pero es el Francisco Nieva de los años sesenta. No se trata tanto de hacer una imitación sino un juego de evocación (a nivel de juego escénico FRANCISCO podría ser interpretado por uno de los dos actores que van a interpretar a ANTÓN y JUAN).

FRANCISCO:
Bien hallados convecinos y nobles autoridades. Fermosas damas e hidalgos honrados. Bienvenidos a este pequeño sainete “casi clásico”. (Pausa) Ya sé, ya sé que no voy vestido como corresponde a mi forma de hablar pero ya que este prólogo es un capricho del autor debo esforzarme en que les ayude a ustedes de alguna manera. Todos sabemos que una obra de teatro debe tener un planteamiento, un nudo y un desenlace. Aquí viene el planteamiento: van a ver ustedes una obra de teatro. Pequeña de extensión pero enorme en sus personajes ilustres. ¿Cómo conocer de verdad a un hombre ilustre? Un hombre ilustre es inútil para sí mismo y útil para los demás. Un hombre es hombre hasta que se muere y si ese hombre es ilustre más ilustre se torna con la muerte. La muerte te da el máximo de fama y el mínimo de hombre. De manera que si usted es un hombre ilustre de verdad, es que está muerto. Se están preguntando si yo soy un hombre ilustre. No, no lo soy. Me llamo Francisco, Paco para los amigos. Y no soy… (Mira al público) No es que yo no sea. Sí soy, existo… Soy, pero no soy quien digo ser. El porqué de este encubrimiento es por una buena razón. No me da la gana decirles mi nombre. He venido a hacer una introducción completamente innecesaria que tiene la intención de aclararles que esta escena que van a ver a continuación no es científicamente demostrable pero tampoco podemos decir que no ocurrió. Es una historia que no es histórica. Un cuento que no cuenta mucho. Una novela que no vela por nada más que divertirles. Todo empieza en una época imprecisa, en un espacio inconcreto. Voy a decirlo de una manera más compleja para que ustedes lo entiendan mejor: El abstractizado espacio se va convirtiendo en algo material, extrañamente presente. Y el espectador, si es agudo, aceptará ese espacio como imprescindible, como insustituible. El único espacio «posible». He aquí

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el valor realista o «nuevo realista» del teatro que cada vez se nos va haciendo más necesario. Todo lo que en este real espacio se haga será realidad. Una realidad sorprendente. Una realidad eminentemente teatral1.

Humo, bruma o un velo de luz lúgubre inunda la escena. La luz subirá hasta que veamos nítidamente a los personajes. ANTÓN MARTÍN es un hombre de imprecisa madurez, adusto y de maneras recias y pausadas. Va elegantemente vestido y un distintivo le identifica como militar. JUAN GÓMEZ DE MORA es más joven y discreto, también de atuendo elegante. Ambos personajes comienzan la escena algo confusos, mirando a su alrededor con sorpresa e investigando cada detalle que se les presenta ante la vista. Los dos personajes comenzarán sus monólogos en puntos lejanos del escenario, al encontrarse ambos en circunstancias parecidas casi se trata más de un monólogo a dos voces, hasta que ambos personajes se encuentren en el centro donde tendrá lugar su diálogo.

ANTÓN: Me encuentro extraño, como si despertara de un sueño profundo, eterno, sin tiempo. En mi alucinación sólo podía distinguirme en lo alto de una montaña, majestuosa, altísima, llena de bosques frondosos y praderas tupidas de un verde casi irreal. Mi mirada recorría estos bosques ladera abajo pero era imposible distinguir la falda de la montaña, la ladera se perdía en unas nubes blancas y espesas.

JUAN: No sé si estoy dormido o despierto, si soñaba antes o recuerdo ahora. Hace unos instantes estaba en un salón grande y magnífico. Mis pies sobre un mármol blanco que se perdía en el infinito. El techo adornado con frescos y artesonados imposibles. Espejos gigantes suspendidos en el aire, en el tiempo.

ANTÓN: En la cúspide de la montaña una estatua de oro proclamando mi fama. Antón Martín, religioso virtuoso, guerrero valeroso.
JUAN: En el salón un gran baile lleno de doncellas hermosas. Todas conocían mi nombre. Lo pronunciaban con admiración: Juan. Sois Juan Gómez de Mora el famoso arquitecto que tantas maravillas supo alumbrar.

1 Francisco Nieva, ¿Quién es Mary d ́Ous?, Primer Acto, 156 (mayo 1973), p. 5. 26

Durante estos primeros parlamentos ANTÓN Y JUAN se han ido acercando al centro del escenario muy lentamente. Continuaran acercándose hasta que estén prácticamente hombro con hombro.

ANTÓN: Era el Paraíso…
JUAN:… el Edén.
ANTÓN: La felicidad…
JUAN: … la tranquilidad.
ANTÓN: Pero el cielo comenzó a cubrirse de nubes grises…
JUAN: … los espejos comenzaron a caer al suelo, rompiéndose en mil pedazos. ANTÓN: Y de pronto escuché una voz…

JUAN: … una voz de mujer. ANTÓN: O de hombre… JUAN: Era aguda.
ANTÓN: Fuerte…

JUAN: … parecía sonreír.
ANTÓN: Pedía ayuda…
JUAN: … necesitaba auxilio.
ANTÓN Y JUAN AL UNÍSONO: Todo se oscureció y aparecí aquí.

Ambos se dan cuenta de que han hablado al unísono y se miran con sorpresa reparando por primera vez el uno en el otro.

ANTÓN: Buenos días, caballero.
JUAN: Bien hallado, señor mío.
ANTÓN: No tengo el placer de conoceros.
JUAN: Ni yo a vos.
ANTÓN: Soy Antón Martín, nacido en Mira, orgullosa población de Cuenca. Valeroso líder militar. ¿Vuestro nombre?
JUAN: Soy Juan Gómez de Mora, nacido en Cuenca, también. Artesano constructor y, como vos, mi familia está al servicio de nobles empresas y personajes.
ANTÓN: Extraño que no me resulte familiar vuestro nombre.

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JUAN: En cambio, a mí el vuestro me parece conocido. ANTÓN: ¿Nos conocemos, pues?
JUAN: No estoy seguro.
ANTÓN: Tampoco yo.

JUAN: Si nos conociéramos nos recordaríamos. ANTÓN: Si nos recordáramos nos conoceríamos. JUAN: Pero yo creo recordaros aunque no os conozca. ANTÓN: Y yo recuerdo no conoceros.

Pausa.

JUAN: Me siento algo confuso.
ANTÓN: Y yo confundo lo que siento.
JUAN: ¿Nos conocemos, entonces?
ANTÓN: Digamos que no, es una solución más sencilla.
JUAN: Estoy de acuerdo con vos.
ANTÓN: ¿Y qué os trae a este lugar? ¿Por qué emprendisteis este viaje?
JUAN: Tampoco de eso estoy seguro.
ANTÓN: Por el amor del cielo, nada sabéis.
JUAN: ¿Sabéis acaso vos por qué formáis parte de esta situación?
ANTÓN: Digamos que no, es una solución más sencilla.
JUAN: Tampoco vos sabéis nada, entonces. Difícil será saber qué nos trajo a este lugar. ANTÓN: Estamos en un dilema.
JUAN: Pero tiene solución.
ANTÓN: Hablad si es que algo vislumbráis.
JUAN: Estoy pensando.
ANTÓN: Es tiempo y lugar, discurramos.
JUAN: Eso es.
ANTÓN: Claro está.
JUAN: Toda persona debe encontrarse en un tiempo y lugar.
ANTÓN: Habláis de manera acertada.
JUAN: El lugar debería ser fácil de discurrir.

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ANTÓN: Estimado joven, me temo que no será tan sencillo.
JUAN: ¿Por qué lo decís?
ANTÓN: Porque nos hallamos de viaje, el lugar donde nos encontramos cambia con cada legua.
JUAN: Acertada respuesta.
ANTÓN: Complicado dilema.
JUAN: Entonces comencemos por el tiempo, será más sencillo.
ANTÓN: Ambos estamos juntos, en este instante, por lo tanto habitamos el mismo tiempo.
JUAN: Cierto es.
ANTÓN: El tiempo en que nos encontramos es la respuesta más fácil.
JUAN: Yo sé cuándo estoy.
ANTÓN: También lo sé yo.
JUAN: Decid, pues.
ANTÓN: (Hace memoria) Mis recuerdos no están tan claros como deberían, pero si no recuerdo mal, mi última memoria es triste pues perdí a mi hermano en Granada, corría el año 1492. Eso sí era una batalla. Muchos hombres de mi ciudad lucharon valerosamente para recuperar la hermosa Alhambra y perecieron, pues aún sigue en manos de los moriscos.
JUAN: Disculpadme, excelencia pero creo que os equivocáis: Granada nos pertenece en su totalidad. Tampoco mis pensamientos se ordenan civilizadamente, pero corría el año 1617 y yo diseñaba una de mis más maravillosas obras arquitectónicas: la Plaza Mayor de Madrid. Estamos construyendo una hermosa capital.
ANTÓN: ¡Qué capital!
JUAN: Sólo poseemos una, Madrid.
ANTÓN: Pero, ¿cómo podéis afirmar que esa pequeña y árida ciudad en mitad de la meseta es la capital. Pero si ahí no hay apenas nada.
JUAN: Señor, algo os acontece en la cabeza, pues la capital es Madrid y su rey Felipe II.
ANTÓN: Fe-li-pe II. Disculpadme, pero eso no puede ser. Pues son los reyes de Castilla y Aragón Isabel y Fernando.

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JUAN: Si no os discuto el discurso, fueron grandes soberanos ambos dos hace más de cien años.
ANTÓN: ¿Qué decís? Isabel es la reina.
JUAN: La reina de Inglaterra, porque aquí el rey es Felipe II.

ANTÓN: Son los reyes Isabel y Fernando: “tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando”. Reyes de Castilla y Aragón. De todas las tierras, bosques, valles, de sus burgos y sus villas repletas de artesanos y comerciantes. Descubridores de continentes, unificadores de reinos, y los visionarios de España.

JUAN: ¡Uy, qué antiguoooooooooooo!
ANTÓN: ¿Cómo antiguo? Somos el futuro de la cristiandad. Somos nobles y religiosos los que nos esforzamos por retornar a los cristianos las tierras moras. Ayer fueron Alcalá, Zaragoza, Sigüenza y pronto será Granada.
JUAN: Todo eso es nuestro ya, os lo acabo de decir. Castilla y Aragón son ahora un mismo reino. Vos no sabéis lo que decís.
ANTÓN: Joven descarado, si tuviera aquí mi espada os enseñaría modales.
JUAN: Modales, puede ser que me enseñéis maneras, ya que de historia tan poco sabéis.
ANTÓN: Por amor del cielo… ¡Una espada!
JUAN: Yo no necesitaré ni espada ni puñal, con mis propias manos os abofetearé. ANTÓN: Mostradme vuestras artes de lucha, pardiez.

Parece que ambos se van a pegar, cuando de pronto ANTÓN MARTÍN se detiene.

ANTÓN: ¿Y decís que Granada ya es nuestra?
JUAN: Lo es desde hace tantas décadas que rebasan más de un siglo.
ANTÓN: Es esa una gran noticia.
JUAN: Sin duda.
ANTÓN: Creo que son grandes noticias. ¿Ya no guerreáis ni nada?
JUAN: Llevamos en Flandes más décadas que cordilleras.
ANTÓN: Esto de guerrear a mí no me hace tan feliz, ¿sabéis? Dos españoles discutiendo, ¿dónde se ha visto tal cosa? Lo que España necesita son hospitales. JUAN: Sin duda, amigo.

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ANTÓN: Y si hiciéramos suficientes hospitales para todos los necesitados, que entren todos, como el público en el teatro.
JUAN: Hospitales públicos, qué gran idea. Pero fácil no va a ser. Los asuntos de palacio van despacio.

ANTÓN: Burocracia, lentitud… Yo estoy por meterme a cura y aprender los oficios de enfermero. Granada necesita un hospital.
JUAN: (Muestra de alegría y sorpresa) Sois vos, claro, Antón Martín el magnífico religioso y médico. Con razón me sonabais. ¿Cómo es esto posible?

ANTÓN: Pues alguna mágica providencia debe ser.
JUAN: Pardiez, muy señor mío, ¿queréis que nos quemen en la hoguera?
ANTÓN: Veo que la Inquisición todavía perdura en vuestro tiempo.
JUAN: Eternamente la sufriremos.
FRANCISCO OFF: Fue abolida en las Cortes de Cádiz en 1812.
ANTÓN: Hay un extraño eco.
JUAN: A lo mejor hay un profeta por ahí escondido. (Mirando al aire) ¿De qué época eres voz celestial?
FRANCISCO OFF: Del siglo XX.
ANTÓN: ¿Y van mejor las cosas?
FRANCISCO OFF: Mucho mejor.
JUAN: ¡Qué alegría!
ANTÓN: ¿Nos llevamos ya bien con los musulmanes?
FRANCISCO OFF: Pues no.
JUAN: No nos han perdonado.
ANTÓN: Es que la reina los quiere echar de España.
JUAN: Los echó, los echó a todos.
ANTÓN: ¿Y cómo es España sin árabes? No me la imagino. Debe ser muy triste, más aburrida.
JUAN: Pues esto es un final feliz.
ANTÓN: A mis brazos joven constructor.
JUAN: A sus pies, beato ilustre.

Se abrazan con alegría.

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FRANCISCO: Hombres ilustres ha dado Cuenca. Antón Martín fundó hospitales por toda España, lo propio hizo nuestro Juan Gómez de Mora llenando de hermosos edificios y monumentos nuestras ciudades. Si innecesario era el prólogo, este epílogo no es más que otro capricho. Curioso que dos personas de épocas distintas no lleguen a entenderse. Era como si vieran dos Españas distintas. (Pausa, mira al público de manera cómplice) Está bien, se lo voy a decir: Francisco Nieva me llamo. ¿Por qué estoy aquí? Porque los famosos somos buenos para la taquilla. Ahora mismo recordando a estos hombres ilustres y sus hazañas y creaciones… Me vienen a la memoria mis propios éxitos, fracasos y decepciones. Me viene a la mente también mi España, que es diferente. Spain is different. Y cuando pienso en mí, en mi vida, en mis libros y en mi España, sólo echo en falta una cosa… no ser de Cuenca.

OSCURO

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NO ESTOY DE ACUERDO CON VOS
Sainete histórico fantástico que narra, sin ningún rigor y porque sí, el mágico encuentro jamás contado entre Antón Martín y Juan Gómez de Mora.

CHEMA RODRÍGUEZ-CALDERÓN

NO ESTOY DE ACUERDO CON VOS

FRANCISCO debe vestir y tener una apariencia lo más fiel posible al personaje. Pero es el Francisco Nieva de los años sesenta. No se trata tanto de hacer una imitación sino un juego de evocación (a nivel de juego escénico FRANCISCO podría ser interpretado por uno de los dos actores que van a interpretar a ANTÓN y JUAN).

FRANCISCO:
Bien hallados convecinos y nobles autoridades. Fermosas damas e hidalgos honrados. Bienvenidos a este pequeño sainete “casi clásico”. (Pausa) Ya sé, ya sé que no voy vestido como corresponde a mi forma de hablar pero ya que este prólogo es un capricho del autor debo esforzarme en que les ayude a ustedes de alguna manera. Todos sabemos que una obra de teatro debe tener un planteamiento, un nudo y un desenlace. Aquí viene el planteamiento: van a ver ustedes una obra de teatro. Pequeña de extensión pero enorme en sus personajes ilustres. ¿Cómo conocer de verdad a un hombre ilustre? Un hombre ilustre es inútil para sí mismo y útil para los demás. Un hombre es hombre hasta que se muere y si ese hombre es ilustre más ilustre se torna con la muerte. La muerte te da el máximo de fama y el mínimo de hombre. De manera que si usted es un hombre ilustre de verdad, es que está muerto. Se están preguntando si yo soy un hombre ilustre. No, no lo soy. Me llamo Francisco, Paco para los amigos. Y no soy… (Mira al público) No es que yo no sea. Sí soy, existo… Soy, pero no soy quien digo ser. El porqué de este encubrimiento es por una buena razón. No me da la gana decirles mi nombre. Lo dije sin querer y lo olvido porque quiero. He venido a hacer una introducción completamente innecesaria que tiene la intención de aclararles que esta escena que van a ver a continuación no es científicamente demostrable pero tampoco podemos decir que no ocurrió. Es una historia que no es histórica. Un cuento que no cuenta mucho. Una novela que no vela por nada más que divertirles. Todo empieza en una época imprecisa, en un espacio inconcreto. Voy a decirlo de una manera más compleja para que ustedes lo entiendan mejor: El abstractizado espacio se va convirtiendo en algo material, extrañamente presente. Y el espectador, si es agudo, aceptará ese espacio como imprescindible, como insustituible. El único espacio «posible». He aquí el valor realista o «nuevo realista» del teatro que cada vez se nos va haciendo más necesario. Todo lo que en este real espacio se haga será realidad. Una realidad sorprendente. Una realidad eminentemente teatral. El escritor es libre de provocar, alocar y descolocar. El autor miente si quiere, gusta si puede y perdura si muere. Que suba el telón.

Humo, bruma o un velo de luz lúgubre inunda la escena. La luz subirá hasta que veamos nítidamente a los personajes. ANTÓN MARTÍN es un hombre de imprecisa madurez, adusto y de maneras recias y pausadas. Va elegantemente vestido y un distintivo le identifica como militar. JUAN GÓMEZ DE MORA es más joven y discreto, también de atuendo elegante. Ambos personajes comienzan la escena algo confusos, mirando a su alrededor con sorpresa e investigando cada detalle que se les presenta ante la vista. Los dos personajes comenzarán sus monólogos en puntos lejanos del escenario, al encontrarse ambos en circunstancias parecidas casi se trata más de un monólogo a dos voces, hasta que ambos personajes se encuentren en el centro donde tendrá lugar su diálogo.

ANTÓN: Me encuentro extraño, como si despertara de un sueño profundo, eterno, sin tiempo. En mi alucinación sólo podía distinguirme en lo alto de una montaña, majestuosa, altísima, llena de bosques frondosos y praderas tupidas de un verde casi irreal. Mi mirada recorría estos bosques ladera abajo pero era imposible distinguir la falda de la montaña, la ladera se perdía en unas nubes blancas y espesas.
JUAN: No sé si estoy dormido o despierto, si soñaba antes o recuerdo ahora. Hace unos instantes estaba en un salón grande y magnífico. Mis pies sobre un mármol blanco que se perdía en el infinito. El techo adornado con frescos y artesonados imposibles. Espejos gigantes suspendidos en el aire, en el tiempo.
ANTÓN: En la cúspide de la montaña una estatua de oro proclamando mi fama. Antón Martín, religioso virtuoso, guerrero valeroso.
JUAN: En el salón un gran baile lleno de doncellas hermosas. Todas conocían mi nombre. Lo pronunciaban con admiración: Juan. Sois Juan Gómez de Mora el famoso arquitecto que tantas maravillas supo alumbrar.

Durante estos primeros parlamentos ANTÓN Y JUAN se han ido acercando al centro del escenario muy lentamente. Continuaran acercándose hasta que estén prácticamente hombro con hombro.

ANTÓN: Era el Paraíso…
JUAN:… el Edén.
ANTÓN: La felicidad…
JUAN: … la tranquilidad.
ANTÓN: Pero el cielo comenzó a cubrirse de nubes grises…
JUAN: … los espejos comenzaron a caer al suelo, rompiéndose en mil pedazos.
ANTÓN: Y de pronto escuché una voz…
JUAN: … una voz de mujer.
ANTÓN: O de hombre…
JUAN: Era aguda.
ANTÓN: Fuerte…
JUAN: … parecía sonreír.
ANTÓN: Pedía ayuda…
JUAN: … necesitaba auxilio.
ANTÓN Y JUAN AL UNÍSONO: Todo se oscureció y aparecí aquí.

Ambos se dan cuenta de que han hablado al unísono y se miran con sorpresa reparando por primera vez el uno en el otro.

ANTÓN: Buenos días, caballero.
JUAN: Bien hallado, señor mío.
ANTÓN: No tengo el placer de conoceros.
JUAN: Ni yo a vos.
ANTÓN: Soy Antón Martín, nacido en Mira, orgullosa población de Cuenca. Valeroso líder militar. ¿Vuestro nombre?
JUAN: Soy Juan Gómez de Mora, nacido en Cuenca, también. Artesano constructor y, como vos, mi familia está al servicio de nobles empresas y personajes.
ANTÓN: Extraño que no me resulte familiar vuestro nombre.
JUAN: En cambio, a mí el vuestro me parece conocido.
ANTÓN: ¿Nos conocemos, pues?
JUAN: No estoy seguro.
ANTÓN: Tampoco yo.
JUAN: Si nos conociéramos nos recordaríamos.
ANTÓN: Si nos recordáramos nos conoceríamos.
JUAN: Pero yo creo recordaros aunque no os conozca.
ANTÓN: Y yo recuerdo no conoceros.

Pausa.

JUAN: Me siento algo confuso.
ANTÓN: Y yo confundo lo que siento.
JUAN: ¿Nos conocemos, entonces?
ANTÓN: Digamos que no, es una solución más sencilla.
JUAN: Estoy de acuerdo con vos.
ANTÓN: ¿Y qué os trae a este lugar? ¿Por qué emprendisteis este viaje?
JUAN: Tampoco de eso estoy seguro.
ANTÓN: Por el amor del cielo, nada sabéis.
JUAN: ¿Sabéis acaso vos por qué formáis parte de esta situación?
ANTÓN: Digamos que no, es una solución más sencilla.
JUAN: Tampoco vos sabéis nada, entonces. Difícil será saber qué nos trajo a este lugar.
ANTÓN: Estamos en un dilema.
JUAN: Pero tiene solución.
ANTÓN: Hablad si es que algo vislumbráis.
JUAN: Estoy pensando.
ANTÓN: Es tiempo y lugar, discurramos.
JUAN: Eso es.
ANTÓN: Claro está.
JUAN: Toda persona debe encontrarse en un tiempo y lugar.
ANTÓN: Habláis de manera acertada.
JUAN: El lugar debería ser fácil de discurrir.
ANTÓN: Estimado joven, me temo que no será tan sencillo.
JUAN: ¿Por qué lo decís?
ANTÓN: Porque nos hallamos de viaje, el lugar donde nos encontramos cambia con cada legua.
JUAN: Acertada respuesta.
ANTÓN: Complicado dilema.
JUAN: Entonces comencemos por el tiempo, será más sencillo.
ANTÓN: Ambos estamos juntos, en este instante, por lo tanto habitamos el mismo tiempo.
JUAN: Cierto es.
ANTÓN: El tiempo en que nos encontramos es la respuesta más fácil.
JUAN: Yo sé cuándo estoy.
ANTÓN: También lo sé yo.
JUAN: Decid, pues.
ANTÓN: (Hace memoria) Mis recuerdos no están tan claros como deberían, pero si no recuerdo mal, mi última memoria es triste pues perdí a mi hermano en Granada, corría el año 1492. Eso sí era una batalla. Muchos hombres de mi ciudad lucharon valerosamente para recuperar la hermosa Alhambra y perecieron, pues aún sigue en manos de los moriscos.
JUAN: Disculpadme, excelencia pero creo que os equivocáis: Granada nos pertenece en su totalidad. Tampoco mis pensamientos se ordenan civilizadamente, pero corría el año 1617 y yo diseñaba una de mis más maravillosas obras arquitectónicas: la Plaza Mayor de Madrid. Estamos construyendo una hermosa capital.
ANTÓN: ¡Qué capital!
JUAN: Sólo poseemos una, Madrid.
ANTÓN: Pero, ¿cómo podéis afirmar que esa pequeña y árida ciudad en mitad de la meseta es la capital. Pero si ahí no hay apenas nada.
JUAN: Señor, algo os acontece en la cabeza, pues la capital es Madrid y su rey Felipe II.
ANTÓN: Fe-li-pe II. Disculpadme, pero eso no puede ser. Pues son los reyes de Castilla y Aragón Isabel y Fernando.
JUAN: Si no os discuto el discurso, fueron grandes soberanos ambos dos hace más de cien años.
ANTÓN: ¿Qué decís? Isabel es la reina.
JUAN: La reina de Inglaterra, porque aquí el rey es Felipe II.
ANTÓN: Son los reyes Isabel y Fernando: “tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando”. Reyes de Castilla y Aragón. De todas las tierras, bosques, valles, de sus burgos y sus villas repletas de artesanos y comerciantes. Descubridores de continentes, unificadores de reinos, y los visionarios de España.
JUAN: ¡Uy, qué antiguoooooooooooo!
ANTÓN: ¿Cómo antiguo? Somos el futuro de la cristiandad. Somos nobles y religiosos los que nos esforzamos por retornar a los cristianos las tierras moras. Ayer fueron Alcalá, Zaragoza, Sigüenza y pronto será Granada.
JUAN: Todo eso es nuestro ya, os lo acabo de decir. Castilla y Aragón son ahora un mismo reino. Vos no sabéis lo que decís.
ANTÓN: Joven descarado, si tuviera aquí mi espada os enseñaría modales.
JUAN: Modales, puede ser que me enseñéis maneras, ya que de historia tan poco sabéis.
ANTÓN: Por amor del cielo… ¡Una espada!
JUAN: Yo no necesitaré ni espada ni puñal, con mis propias manos os abofetearé.
ANTÓN: Mostradme vuestras artes de lucha, pardiez.

Parece que ambos se van a pegar, cuando de pronto ANTÓN MARTÍN se detiene.

ANTÓN: ¿Y decís que Granada ya es nuestra?
JUAN: Lo es desde hace tantas décadas que rebasan más de un siglo.
ANTÓN: Es esa una gran noticia.
JUAN: Sin duda.
ANTÓN: Creo que son grandes noticias. ¿Ya no guerreáis ni nada?
JUAN: Llevamos guerreando en Flandes más décadas que cordilleras tienen los reinos de Asturias y León.
ANTÓN: Esto de guerrear a mí no me hace tan feliz, ¿sabéis? Dos españoles discutiendo, ¿dónde se ha visto tal cosa? Lo que España necesita son hospitales.
JUAN: Sin duda, amigo.
ANTÓN: Y si hiciéramos suficientes hospitales para todos los necesitados, que entren todos, como el público en el teatro.
JUAN: Hospitales públicos, qué gran idea. Pero fácil no va a ser. Los asuntos de palacio van despacio.
ANTÓN: Burocracia, lentitud… Yo estoy por meterme a cura y aprender los oficios de enfermero. Granada necesita un hospital.
JUAN: (Muestra de alegría y sorpresa) Sois vos, claro, Antón Martín el magnífico religioso y médico. Con razón me sonabais. ¿Cómo es esto posible?
ANTÓN: Pues alguna mágica providencia debe ser.
JUAN: Pardiez, muy señor mío, ¿queréis que nos quemen en la hoguera?
ANTÓN: Veo que la Inquisición todavía perdura en vuestro tiempo.
JUAN: Eternamente la sufriremos.
FRANCISCO OFF: Fue abolida en las Cortes de Cádiz en 1812.
ANTÓN: Hay un extraño eco.
JUAN: A lo mejor hay un profeta por ahí escondido. (Mirando al aire) ¿De qué época eres voz celestial?
FRANCISCO OFF: Del siglo XX.
ANTÓN: ¿Y van mejor las cosas?
FRANCISCO OFF: Mucho mejor.
JUAN: ¡Qué alegría!
ANTÓN: ¿Nos llevamos ya bien con los musulmanes?
FRANCISCO OFF: Pues no.
JUAN: No nos han perdonado.
ANTÓN: Es que la reina los quiere echar de España.
JUAN: Los echó, los echó a todos.
ANTÓN: ¿Y cómo es España sin árabes? No me la imagino. Debe ser muy triste, más aburrida.
JUAN: Pues esto es un final feliz.
ANTÓN: A mis brazos joven constructor.
JUAN: A sus pies, beato ilustre.

Se abrazan con alegría.

FRANCISCO: Hombres ilustres ha dado Cuenca. Antón Martín fundó hospitales por toda España, lo propio hizo nuestro Juan Gómez de Mora llenando de hermosos edificios y monumentos nuestras ciudades. Si innecesario era el prólogo, este epílogo no es más que otro capricho. Curioso que dos personas de épocas distintas no lleguen a entenderse. Era como si vieran dos Españas distintas. (Pausa, mira al público de manera cómplice) Está bien, se lo voy a decir: Francisco Nieva me llamo. ¿Por qué estoy aquí? Porque los famosos somos buenos para la taquilla. Ahora mismo recordando a estos hombres ilustres y sus hazañas y creaciones… Me vienen a la memoria mis propios éxitos, fracasos y decepciones. Me viene a la mente también mi España, que es diferente. Spain is different. Y cuando pienso en mí, en mi vida, en mis libros y en mi España, sólo echo en falta una cosa… no ser de Cuenca.

OSCURO

Chema Rodríguez-Calderón
5 de septiembre de 2015

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GUILLERMO HERAS

Contacto: guillermoheras@hotmail.com

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PEDRO VÍLLORA

Contacto: pmvillora@gmail.com

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Chema Rodríguez-Calderón