TEXTOS GANADORES

II CERTAMEN DE TEXTOS BREVES DE TEATRO “FRANCISCO NIEVA. AÑO 2016

ÍNDICE

Las paradas de la muerte …………………………………………………………….. 2

Cardenio y el soldado…………………………………………………………………13

 

 

Las paradas de la muerte Rafael Ruiz Pleguezuelos

 

Sólo una cosa mala tiene el sueño, y es que se parece a la muerte. Miguel de Cervantes Saavedra

 

PERSONAJES
(Por orden de intervención)

MIGUEL, de una edad indefinida, aunque mayor que la mujer. Arrastra una expresión cansada y signos de haber sufrido mucho en la vida.

CRISTINA, no mayor de los cincuenta, ordinaria y deslenguada, atractiva en su vulgaridad.

Izquierda y derecha, las del espectador.

ACTO ÚNICO

(Oscuridad en el escenario, aunque se adivinen las formas de CRISTINA quien, sentada a una mesa, come con gula carne de un plato. Al instante entra por la izquierda MIGUEL, llevando un farol en la mano con el que iluminará la escena. Efectivamente, una mujer con ropas vulgares y amplio escote come teniendo delante un pequeño festín.)

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MIGUEL.- (Con tono de resignación.) Unos tenemos la luz y otros qué comer. Esa es la historia del mundo.

(CRISTINA sigue a lo suyo, como si nadie hubiera hablado. Por la manera en que MIGUEL mira hacia la mesa, se hace evidente que trae hambre atrasada.)

MIGUEL.- Digo que el ingenio trae la luz, y la suerte la comida. Yo he tenido siempre lo primero. Pero de lo segundo, nada.

CRISTINA.- (Sin dejar de comer ni prestarle demasiada atención al recién llegado.) Soy mujer de pocas sutilezas, Miguel, como sabéis mejor que nadie. Pero si lo que estáis queriendo decir con vuestros requiebros es que traéis hambre, no voy a ser yo quien niegue alimento a quien me creó.

(MIGUEL queda sorprendido por la intervención de CRISTINA. Sin cesar de mirar a la comida, observando cada ida y venida de la mesa a la boca por parte de la mujer, deja el farol sobre la mesa y se sienta sobre un taburete, al extremo contrario de CRISTINA. Ella continúa comiendo sin prestarle mayor atención. MIGUEL toma un bocado del plato. Un trozo pequeño, que come con evidente hambre. Toma al instante otro. A lo largo de la escena, ambos seguirán comiendo al tiempo que mantienen su diálogo.)

MIGUEL.- ¡Buena comida encontráis aquí abajo!

CRISTINA.- Es lo que tiene estar aquí. Que no faltan manjares. Lo que falta es paladar para catarlos.
MIGUEL.- Quisiera yo saber encontrar también tajos como los que aquí tienes. CRISTINA.- ¿No encontráis comida vos?

MIGUEL.- ¡Me costó encontrarla de vivo, hazte una idea lo difícil que me puede resultar de muerto!

(CRISTINA sonríe la salida de MIGUEL.)
MIGUEL.- Antes has dicho mi nombre. En mi vida conocí a mucha gente, y más mujeres

que hombres, según creo, pero no sé si encuentro quién pudieras ser.

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CRISTINA.- Lo encontrarás si piensas en los que diste a conocer, más que los que conociste.

(MIGUEL piensa un momento, sorprendido por dónde le lleva el curso de sus pensamientos.)

CRISTINA.- (Juguetona.) ¿Pues sabéis ya quién tenéis delante?

MIGUEL.- (Como quien emite un veredicto.) Claro que sé ya quién sois. Cristina. (Ahora con tono orgulloso.) La oscuridad de hace un momento ya no me confunde, pues he caído en la cuenta yo mismo os he creado. Y lo he pensado al llegar, no creas, pero en mi cabeza parecía imposible el encuentro con alguien que no es más que un personaje salido de mi pluma.

CRISTINA.- (Más con sorna que como verdadero reproche.) Y en el que no os esmerasteis mucho.

MIGUEL.- ¿Cómo puedes pensar eso? ¡Personaje principal de El Vizcaíno Fingido, un entremés que las generaciones han visto como lo más alto de mi ingenio!
CRISTINA.- ¡Una puta medio tonta a la que engañan unos vivos con un truco que adivinaría un infante! Esa fue toda la creación de Cristinica en el entremés. Pensadlo bien, me disteis pocas prendas. Me hicisteis medio puta medio bruja, a ver qué comparación con la tal Dulcinea, que tiene toda la belleza y bondad posibles, y con las princesas y las demás señoras principales que también salieron de vuestro ingenio.

(MIGUEL no quiere entrar en esa discusión. En su próxima intervención, notamos un claro ánimo de desviar la conversación hacia otros asuntos.)

MIGUEL.- ¿Entonces aquí también podemos encontrarnos mis personajes y yo?

CRISTINA.- (Resuelta, queriendo quedar por encima de MIGUEL.) Lo estamos haciendo. Será que se puede.

MIGUEL.- En eso te doy la razón.

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CRISTINA.- Aquí lo que se imagina y lo que se ve anda siempre confundiéndose, así que lo mejor para no andar siempre nublado es hablar con quien tienes delante si te apetece hacerlo, sin pararse a pensar si es vivo, muerto o aparición mariana.

MIGUEL.- Y también eso está bien pensado. (Más para sí mismo que para que lo oiga CRISTINA.) Cosa es que aún no me he encontrado a Quijote.

CRISTINA.- Ni le encontrará por aquí. Los locos no van a cielo ni infierno. Ellos, por su desconocimiento de la vida y por estar ciegos a todo lo que de verdad ocurre, encuentran el cielo en la Tierra. No como los cuerdos, que encontramos las más de las veces el infierno en la vida y al morir notamos pocas diferencias.

(MIGUEL medita un momento las respuestas de CRISTINA.) MIGUEL.- Te creé una puta resabida. Por eso te ha ido tan bien aquí.

CRISTINA.- Al menos mejor que en el entremés, en el que acababa robada y burlada sin defensa posible.

MIGUEL.- Tenía que ser así. Era una pieza de rufianes. (Recordando la obra con evidente orgullo.) Dos pícaros que traman un engaño para reírse de dos mujeres de la vida en su propia casa. Con una falsa aparición final del Corregidor para cerrar la burla. (Volviendo a la conversación directa con ella.) ¡Pero Brígida y tú erais la parte buena de la historia!

CRISTINA.- (Irónica.) Sí, dos ingenios, el par de bobas, creyéndonos el habla fingida del vizcaíno. (Cambiando de tema.) ¿Qué buscabais por aquí con ese farolillo, si puede saberse?
MIGUEL.- Nada. Desde que cerré los ojos por última vez ando así, vagando de un lado para otro sin más meta que seguir iluminando mis pasos. (Mirando hacia donde el farol reposa.) Por alguna magia de este infierno caluroso, la llama de este farol no se extingue nunca. (Adoptando un tono filosófico.) Debe ser que la cera de los muertos jamás se consume, porque su luz no es emisión verdadera.

CRISTINA.- Ahora ya te has puesto quijotesco.
MIGUEL.- (Provocando la broma.) ¿Tengo razones para ello, no?

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CRISTINA.- Siempre has sido un alto poeta. ¡Vaya forma de decir que no ibas a ninguna parte con el farol!
MIGUEL.- (Con tono de resignación.) Una pluma tan alta como desgraciado el hombre. CRISTINA.- He oído que los hombres sabios siempre andan buscando en la oscuridad. MIGUEL.- Y has oído bien. Solo que las más veces, no encuentran.

(MIGUEL se lleva la mano al costado, como si sintiese algún dolor.)

CRISTINA.- ¿Cómo parece dolerte algo? Aquí ya no deberías sentir nada. Ninguno lo hacemos.
MIGUEL.- Eso será en la muerte de los anónimos, Cristinica. A los que nadie recuerda ya nada parece dolerles. El mejor descanso para un muerto es el olvido. El problema son los recordados. Los que siguen en boca de la gente. En esta nueva vida, por llamarlo de alguna forma, de los personajes de nombre conocido, como yo, los vivos siempre andan enredando. (Va subiendo de tono, mostrando un enfado creciente.) Mintiendo, manipulando, poniendo en nuestra boca palabras que nunca dijimos. Hablan de Miguel de Cervantes como si fuera algún primo de ellos, y no parecen cansarse de mentir sobre mi persona. ¡Hasta en temas de honor mienten! He leído cualquier cosa de Argel menos lo que en verdad ocurrió. Por tiempos he sido héroe, ladrón. He cambiado de deseos cada medio siglo. A veces más pobre, a veces más rico. Hasta mi nacimiento y cristianía es moneda de cambio. Y eso al final tiene que doler, por muy muerto que esté uno. Las dolencias del alma no cesan nunca, Cristinica. Esas te persiguen donde quiera que estés. CRISTINA.- Pues entonces será que me creaste sin alma, porque yo no siento nada, ni el sabor de esta carne que aquí como.

MIGUEL.- Esto que te cuento no es nuevo. Desde el poco de morir comencé a sentir estos dolores que te digo, porque algún vivo charlatán y malnacido hubiera puesto en mi boca palabras que no he dicho y aún tomen como mías cosas que no he hecho. Pero de un tiempo a esta parte es mucho peor. ¡Tú no sabes qué ruido hay ahora! ¡Todos hablan, tengan algo que decir o no y muchos a la vez! Cada voz desentonada es un alfiler que me hiere. Así que de un tiempo a esta parte muero en dolor. Pero la última ocurrencia es la que me tiene fuera de mí…

CRISTINA.- ¿Por qué razón puede ser peor ahora?
MIGUEL.- Allá abajo… (Duda un instante una vez lo ha dicho.) ¿O es arriba? CRISTINA.- La dirección da igual para este caso.

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MIGUEL.- El caso es que los vivos no han tenido otra cosa en que pensar que buscar mis huesos.

(Las palabras de MIGUEL deben coincidir con el momento en que CRISTINA saca de su boca un hueso de pollo, apurado hasta dejarlo totalmente limpio. Ella reconoce lo inapropiado de la coincidencia e inmediatamente lleva el hueso al plato con una sonrisa de circunstancias.)

MIGUEL.- ¡No pueden dejar que el tiempo los convierta en polvo, como corresponde! ¡Hideputas!
CRISTINA.- (Con total despreocupación, riéndose de lo que aflige a MIGUEL .) ¡Pues eso le va a preocupar al que lleva muerto siglos! ¡Pues que los encuentren! ¡Para nada nos sirven aquí! ¡No hay materia que resista más que el alma! ¡Que se queden ellos los despojos que uno deja atrás!

MIGUEL.- No, no, Cristinica. A mí no me mueve nadie de donde estoy. Después de haber sido soldado y escritor –que no sé cuál de las dos guerras es más mortífera– quisiera que al menos en la muerte mis huesos encontraran un reposo. (Casi gritando.) ¡Que me lean! ¡Si quieren tener delante a Cervantes, que tomen mis libros, y no mis huesos! ¡Tienen mis obras! ¿Qué mas quieren? ¡Que dediquen tiempo a ellas, en lugar de escarbar en el polvo en el que me he de convertir!

CRISTINA.- Será porque las de nuestro oficio estamos más que acostumbradas a despreciar nuestro cuerpo, pero a mí que remuevan mis huesos no me quitaría el sueño.
MIGUEL.- Pues a mí vive Dios que me lo quita… o me lo quitaría si aquí donde estamos por ventura se pudiera dormir. Pero es que Cristina, en ese recorrer el mundo de una a otra parte y de una a otra época, he visto otras cosas que hacen a los muertos que no es bastante con llamar sacrílegas… Ahí tienes los egipcios.

CRISTINA.- ¿Los egipcios?
MIGUEL.- Un pueblo muy antiguo. Levantaron las pirámides, una construcción más grande y magnífica que cualquier torre que haya visto Castilla. Diseñaron mil galerías y pasadizos en ellas. ¿Y sabes para qué hicieron, Cristinica? (Ella niega con la cabeza y, acabada la carne, comienza a morder una manzana.) Solamente para que nadie pudiera alterar su tumba y muriesen bien. Intentaron que nadie les encontrara para asegurar su descanso. No hicieron lo que yo, darse a las monjas y buscar una Iglesia en la que mis huesos se confundieran con los de cualquiera. Ellos construyeron una torre más alta que

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mil castillos nuestros para que no les encontraran en la muerte. ¿Y sabes dónde están ahora, los que tanto deseaban la oscuridad? (CRISTINA vuelve a negar con la cabeza y toma otro bocado de la manzana.) Expuestos detrás de una vitrina a la mirada de todo el mundo en lo que llaman museos, pero que son templos de la profanación… con los zagales golpeando los cristales y haciéndoles muecas. A la vista de quien quiera visitarles, buscando la paz de las postrimerías en una sala que visitan más de cien personas a un mismo tiempo. Les buscaron hasta que les encontraron, para ultrajarles como ahora hacen conmigo. Por eso tengo que conseguir la forma de remover mis huesos de su alcance.

(MIGUEL vuelve a llevarse la mano al costado en una muestra de que siente dolor. Hace gesto de tomar de nuevo el farol.)

MIGUEL.- Bueno, Cristinica. Ya te he contado mi dolor. Voy a seguir buscando. Parece que todo me duele menos cuando estoy en movimiento. Gracias por la cena.
CRISTINA.- (Continúa sin parecerle gran cosa lo que MIGUEL expone con tanta vehemencia.) Los vivos ya se sabe cómo son. Desde que mordieron la manzana, no saben más que hacer el mal. (Da ella un bocado a la manzana.)

(MIGUEL se pone de pie.)
CRISTINA.- A lo mejor yo puedo ayudar en eso. En lo de los huesos, quiero decir. Porque

en mejorar a los vivos ni yo ni cien dioses tienen capacidad para ello. (MIGUEL se detiene y mira a CRISTINA con ilusión renovada.)

CRISTINA.- Ya se ha dicho antes: fui creada con un poco de bruja. A lo mejor podría encontrar la manera de cruzar nuestros mundos y alejar esos huesos de la vista de quienes los buscan. O regalarles otros para que jueguen con ellos y se den por contentos, guardando los que realmente pertenecen a Cervantes bajo cien morteros de tierra. MIGUEL.- ¿De verdad se podría, Cristina? ¡Que a uno le rescate el fruto de su imaginación es cosa inaudita! Pero si funciona, bienvenido sea.

CRISTINA.- (Seca.) Pero a cambio pediré algo.
MIGUEL.- (Más como una constatación que con ánimo de ofender.) Como puta, te mueve siempre el interés.

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CRISTINA.- Exactamente igual que a todo el mundo. Si se piensa bien, quien busca a una puta también le mueve un interés. Y no hace falta que diga cuál, ¿a que no?

(MIGUEL sonríe la brillante respuesta de CRISTINA.)

MIGUEL.- Siempre consigues desconcertarme con tus salidas, Cristina. Me lleno de orgullo oyéndote. Te creé superior a lo que yo pensaba. ¿Pues qué quieres a cambio? Acabé poseyendo muy poco antes de morir, y aquí no tengo más que los recuerdos y el pensamiento que te habla. De material, nada más que la ropa que ves, que no es gran cosa para un personaje de mi rango. Como no te de este farolillo que nunca se extingue… CRISTINA.- Quiero ser protagonista de una obra en la que tenga un personaje más lucido. Lo del vizcaíno fue casi una ofensa, más que una oportunidad de presentarme al mundo.

(MIGUEL queda pensativo un instante. Acerca el farol a CRISTINA y repasa su cuerpo con la luz, como si la reconociera por primera vez.)

MIGUEL.- Cosa justa pides, hablando ahora contigo y viendo la calidad de tu discurso. (MIGUEL ríe de buena gana.) Pero has menospreciado quién tienes delante. El fénix de todos los ingenios, aunque esa denominación se haya regalado después a más de uno, no es otro que yo. Sabe, Cristinica, que si esa es tu petición, ya estás en deuda conmigo. Porque tú aún no has cumplido tu palabra, la de enterrar mis huesos en el averno más incógnito y confundirlos con los de los animales si hace falta para que nadie llegue nunca a tocarlos. Pero yo sí lo he hecho.

CRISTINA.- ¿Pues cómo es que ya cumpliste tu palabra?
MIGUEL.- Esto que tú y yo estamos aquí representando es un entremés que ya está escrito. En el que tus palabras son finas y bien miradas. Eres un personaje más labrado que el del vizcaíno. Una mujer que piensa y sabe, que habla y vive por sí misma, sin esperar a que un pícaro llame a su puerta. Así que mi parte ya parece haber sido cumplida.
CRISTINA.- ¿Es posible?

(Remedando el momento en el que ella dijo las mismas palabras, con sorna.)

MIGUEL.- Lo estamos haciendo, ¿no? Entonces será que se puede. Este parlamento tuyo y mío ya es un entremés en el que apareces más lista, más viva, y hasta diría que más

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espiritual. Ya no eres la boba a la que engaña el vizcaíno, sino la bruja lista que ayuda a ni más ni menos que Miguel de Cervantes Saavedra a seguir descansando en paz. CRISTINA.- Suena lucido.
MIGUEL.- (Con un tono trascendente.) Suena divino. Ahora cumple tú el trato. Esconde mis huesos. Asegura mi muerte.

CRISTINA.- (Aún algo confundida.) Pero entonces… ¿Qué es exactamente esta conversación?
MIGUEL.- Esta conversación es teatro, Cristina. Nada más que teatro. La magia más sencilla y transparente del mundo. Hombres y mujeres que regalan su palabra y su cuerpo a los vivos y los muertos.

(CRISTINA se pone de pie, y camina por el escenario como en una especie de trance. Al hablar mueve los brazos, conjurando algún tipo de sortilegio.)

CRISTINA.- Y así sea siempre, Miguel. Desaparezcan tus huesos entonces. (CRISTINA se pone de pie y ofrece la mano a MIGUEL. Éste la toma, llevando el farol con la otra.) Ven conmigo. Buscaré una amiga con verdadero poder que produzca la mudanza de tus restos.
MIGUEL.- Vamos. Desaparezcan mis huesos. Y aparezcan mis palabras.

(CRISTINA y MIGUEL salen por la derecha caminando muy lentamente.) TELÓN.

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Cardenio y el soldado

Raúl Hernández Garrido

 

En un lugar de La Mancha…
Una noche de luna llena, en el aparcamiento desierto de un hotel de carretera. No hay ningún movimiento ni en el aparcamiento ni en el hotel, sólo el bramido a ráfagas de los escasos coches que atraviesan el páramo sin pararse ni siquiera reducir la velocidad.
En un rincón del aparcamiento, un hombre, en cuclillas, limpia un arma. EL SOLDADO, joven, prácticamente un muchacho, vestido con ropa paramilitar que conforma un uniforme. Una gorra de cazador le
cubre la cabeza. La luna da brillo al cañón de la pistola.
El resplandor de dos faros de coche deslumbra al muchacho. Un coche llega al aparcamiento, y para no lejos de donde está el chico. El joven inspecciona un arma y se lo guarda en su chaqueta. Un hombre de
unos treinta y cinco años llega, CARDENIO. Va también vestido con ropa de uniforme. Podemos apreciar que sus galones denotan una alta graduación: Teniente Coronel. El hombre canturrea, creyéndose solo.

CARDENIO: ¿Quién menoscaba mis bienes? Desdenes.
Y ¿quién aumenta mis duelos?
Los celos.

Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
El SOLDADO le contesta, ante el asombro y la alarma de CARDENIO. SOLDADO: De ese modo, en mi dolencia ningún remedio se alcanza, pues me matan la esperanza desdenes, celos y ausencia.
CARDENIO: ¿Quién va?
SOLDADO: Buenas noches, señor.
CARDENIO: ¿Qué hace aquí?
SOLDADO: He salido a respirar el aire, a la luz de la luna.
CARDENIO: ¿Dónde estamos exactamente?
SOLDADO: Está claro señor. En un hotel de carretera, señor. En el aparcamiento de un hotel de carretera.
CARDENIO: ¿Soldado?
El chico se levanta y se cuadra.
CARDENIO: Descanse y déjese de formalidades.
CARDENIO saca un paquete de cigarrillos.
¿Fuma, soldado?
SOLDADO: No, señor.
CARDENIO enciende un cigarrillo.
CARDENIO: ¿Ha visto por aquí a alguien más?
SOLDADO: No, señor. Soy el único que está alojado en el hotel. Así me lo han dicho.
CARDENIO: ¿No ha venido ningún coche, nadie, que haya parado por algún momento y que ya se haya ido?
SOLDADO: No, señor. Mientras he estado aquí, nadie ha parado, excepto usted. Y desde la habitación no he visto ni oído a nadie.
CARDENIO: ¿De qué compañía eres?
SOLDADO: Serví en Infantería aerotransportada, 21 división.
CARDENIO: ¿Afganistán?

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SOLDADO: Dos años, señor.
CARDENIO: Tierra dura.
SOLDADO: Cuestión de acostumbrarse.
CARDENIO: Yo estuve cuatro años allí y dos más antes en el norte de Irak. No recuerdo haberme encontrado nunca con usted. ¿Cómo se llama?

SOLDADO: Juan Dorotea.
CARDENIO: Ni lo reconozco, ni me suena su nombre. Y eso me extraña. Mi nombre es
Carlos Cardenio. Teniente Coronel Carlos Cardenio. ¿Me conoce usted? SOLDADO: Señor, es imposible no conocer a todos los oficiales de Afganistán. Ganó los galones de Teniente Coronel mientras yo estaba destinado allí. CARDENIO: ¿Qué le ha traído aquí, soldado?
SOLDADO: Espero, señor.
CARDENIO: ¿Una mujer?
SOLDADO: En cierta manera, sí, señor. Siempre hay una mujer. Incluso en los sitios más extraños o de las maneras más extrañas. Aquí o en Afganistán. Siempre en un sitio y otro caminamos bajo la misma luna y esperamos a una mujer.
CARDENIO: ¿Hubo alguna mujer en Afganistán, soldado?
SOLDADO: Siempre hay una mujer, de una manera u otra. Apuesto a que usted tuvo también alguna mujer por allá.
CARDENIO: Un caballero nunca habla de mujeres ante desconocidos. SOLDADO: Venga, señor. Estamos solos. Yo no tengo ningún inconveniente en compartir mi historia con usted. Aquí a nadie se oye, nadie nos oye aquí. Un sitio perdido en medio de La Mancha, bajo la luna llena. Un sitio perfecto para las confidencias.
CARDENIO: Un sitio extraño para encontrarse. Una casualidad incómoda. SOLDADO: La Mancha puede ser una realidad incómoda, pero es una realidad. Señor, usted cree en las casualidades… Yo no. Hablemos de mujeres. ¿Quién era ella?
CARDENIO: Le ruego un respeto…
SOLDADO: Quizá haya más de una vinculación entre usted y yo. Tal vez esa mujer de la que usted no quiere hablar sea la clave que nos une. Si usted me dijera quién es, podríamos averiguar si la conozco o no.
CARDENIO: Imposible que usted conozca nada que tenga que ver conmigo. No hubo ninguna mujer en los años en que yo estuve allí.
SOLDADO: ¿En seis años, ninguna mujer? Es extraño, señor. Yo conozco lo que es eso.
Pese a que aquél sea un país integrista, en los alrededores de los cuarteles siempre se encuentran todo tipo de mujeres.
CARDENIO: No me interesa cualquier tipo de mujeres.
SOLDADO: Hay allí mujeres dignas incluso de ser esposas de generales. Bellas, honorables, de buena clase. O mujeres occidentales. En el cuerpo médico, en el personal de servicio. También en la tropa: mujeres reclutas, mujeres soldados, incluso entre los oficiales. Todo es posible ahora en el ejército.
CARDENIO: Supongo que usted tuvo muchas mujeres.
SOLDADO: No tantas, señor. Dígame. ¿Por qué está usted aquí?
CARDENIO: Recibí un mensaje.
SOLDADO: ¿Un mensaje de esa mujer de la que no quiere hablar?

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CARDENIO: Recibí un mensaje.
SOLDADO: Recibe un mensaje que le cita en mitad de ninguna parte, a media noche, y acude, recorriendo a saber cuántos kilómetros. Una historia que empieza en
Afganistán y acaba en La Mancha. Un mensaje imposible para una cita improbable.
CARDENIO: Aparenta saber demasiado.
SOLDADO: Señor, mire a su alrededor. Estamos en mitad de ninguna parte, y en medio de la noche. Ni sé nada ni siquiera hace falta imaginar nada, sólo observar.
CARDENIO: ¿A qué está jugando conmigo, soldado? Me parece que oculta algo.
SOLDADO: Señor, ya no estoy en el servicio.
CARDENIO: ¿Ha desertado?
SOLDADO: Expulsado. De no haber sido expulsado hubiera abandonado antes. Señor, ya no debería llamarle señor.
CARDENIO: No tendría que llevar el uniforme.
SOLDADO: Señor, no es ningún uniforme reglamentario. Es mi ropa. Tras tantos años vistiendo de militar, no sé de qué otra forma vestirme. Pero nada de lo que llevo es reglamentario, nada tiene que ver con el Ejército, señor. Señor, ya no debería llamarle señor. Ya no soy un soldado.
CARDENIO: ¿Qué es lo que trama?
SOLDADO: Usted no me había visto hasta ahora. Quizá el error está en eso, en no habernos visto cara a cara cuando pudimos haberlo hecho. Usted espera a una mujer… Parece que hay algo por lo que usted no quiera hablar de ella. De Luz.
CARDENIO tira al suelo el cigarrillo.
CARDENIO: ¿Cómo ha dicho?
SOLDADO: Luz. No era su nombre, pero así la llamaba. Su mujer en secreto. Un secreto que muchos conocían. La mujer con la que se prometió y estuvo a punto de casarse, sin importar que ella fuera una nativa, y a la que tuvo que abandonar al asumir una misión. Un encargo de su superior, el general Fernando de la Osa. Él supo aprovechar la ocasión mejor que usted. CARDENIO: Lo que dice es falso.
SOLDADO: ¿Quiere que le dé más detalles?
CARDENIO: Ya me ha dado demasiados. Y nada que me inspire confianza hacia usted.
SOLDADO: Quiero recuperar mi puesto en el ejército.
CARDENIO: Eso es algo que no está en mi mano.
SOLDADO: Señor, sé que sí lo está.
CARDENIO: Sospecho que ha suplantado la identidad de otra persona para hacerme venir aquí. Eso es una falta grave y un delito por el cual cualquier tribunal le condenaría. Y quiere que le ayude a reintegrarse al Ejército. No está en mi mano, pero si lo estuviera, no le ayudaría.
SOLDADO: Tengo muchas cosas que contarle. Si me deja hablar, entenderá. CARDENIO: Respóndame. ¿Qué es lo que sabe de esa mujer? ¿Por qué sabe que se llamaba Luz? ¿Cómo llegó a saber todo esto? Tanto como para utilizar su email con su dirección y su nombre.
SOLDADO: Yo no he suplantado ninguna identidad. No he hecho ni pretendo hacer nada que esté mal.

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CARDENIO: Si es así, podría haber contactado conmigo y habernos encontrado de otra manera.
SOLDADO: Señor, usted nunca hubiera accedido, y de hacerlo, no me hubiera escuchado.

CARDENIO: Si estaba seguro de ello, ¿para qué tratar de convencerme ahora?
SOLDADO: Hablemos de Luz. Una chica guapa, con ideas un tanto anticuadas. Pero usted y yo tenemos ideas anticuadas. Aunque yo no me llamaría a mí mismo caballero.

CARDENIO: ¿Sabe dónde está Luz? Respóndame.
SOLDADO: Negativo, señor.
CARDENIO saca su móvil.
CARDENIO: Se acabaron las bromas. Suelte todo lo que se guarda. Creo que la policía militar va a estar muy interesada en localizarle.

SOLDADO: Señor, lo que está haciendo es un error. Podría lamentarlo luego. CARDENIO: ¿Es una amenaza, soldado?
CARDENIO empieza a marcar en el móvil. El SOLDADO aprovecha el momento de vacilación de CARDENIO y saca su pistola.

SOLDADO: Señor, deje ese móvil.
CARDENIO: Baje el arma.
SOLDADO: No le costará admitirlo. Lo que ocurrió con cierta mujer. La palabra de un soldado es sagrada. Y mucho más la palabra de un Teniente Coronel. Un grado que se ganó en Afganistán en misiones que nadie quería asumir. CARDENIO: Deme ese arma antes de que complique más las cosas. Va a acabar ante…
SOLDADO: ¿Ante un Consejo de Guerra? No me inquietaría. Pero antes, sería mejor que me escuchara. Quizá no le guste que se traten ciertas cosas en un Consejo de Guerra y preferiría oírlas antes de mi boca.

El SOLDADO, lentamente, baja el arma. CARDENIO no se mueve. El SOLDADO guarda el revólver y busca algo en el bolsillo de su camisa. Lo extrae y lo guarda en su puño cerrado.

SOLDADO: Lo que tengo que decirle cabe en mi mano
CARDENIO: ¿Tenemos tiempo para acertijos?
SOLDADO: No.
CARDENIO: Quizá lo que tiene en la mano es solo lo que se esconde en tu interior. Abra la mano.

CARDENIO mira al SOLDADO. Éste abre la mano. Muestra una bala de gran calibre, sin disparar.

SOLDADO: Esta bala tenía escrita su nombre. Si usted no está muerto, es porque yo no lo quise.
CARDENIO: No soy tan ingenuo como para creerme su historia.
SOLDADO: Se me encomendó una misión irregular. Una misión que no iba a quedar registrada. De Baghhlan viajaría con un destacamento a Khanabad. De Khanabad, en helicóptero me llevarían a Qunduz y personal de inteligencia me introduciría en la población. Allí le estaría esperando. ¿Me cree ahora?

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Qunduz, ese destino confidencial que sólo usted sabía. Vi pasar su patrulla. Apunté con cuidado. Le conocía muy bien.
En el campamento base estuve tan cerca de usted como para llamar por su nombre a los piojos que saltaban bajo su casco. Tan de cerca como para conocer muy bien a

Nur, a su Luz. Nur, su verdadero nombre. Luz en árabe, bonito guiño, señor. Allí subido a un tejado de Qunduz, me fue fácil apuntarle y seguirle con mi rifle. Pero no disparé.
CARDENIO: No puedo creerle.
SOLDADO: ¿Creería a Luz si ella le dijera lo que ocurrió luego? Es una larga historia.
CARDENIO: Es imposible que ella haya podido venir desde Afganistán. SOLDADO: ¿Cuál es el problema con ella? ¿Qué no sea occidental y cristiana como usted o el general? Una promesa dada a una musulmana no tiene la misma validez que una promesa entre blancos. Un soldado fuera de las fronteras considera que una mujer es parte del botín. En 10.000 años las cosas no han cambiado mucho en la guerra.
CARDENIO: Me acusa de racismo. De no tener palabra. Y no sabe de lo que habla. Me enamoré de ella y ni me importó entonces ni me importa ahora el que ella fuera cristiana o musulmana. Ella y yo creíamos sólo en una cosa, en los dos, la una en el otro y el otro en la una, ése era nuestro dios único y común. La promesa que le di la mantuve y la mantengo. La busqué por todas partes, no la encontré. La he seguido buscando.
SOLDADO: Pero promesas de amor a una mora no impiden cedérsela a un superior.
CARDENIO: ¿De qué aberración me estás acusando? ¿Dónde está Luz? ¿La tienes contigo, en contra de su voluntad? La tienes bajo tu poder. Quizá le lavaste el cerebro, la convenciste de lo que no es y la obligaste a citarme aquí, en medio de la nada, para que tú me chantajearas. Nur está aquí, contigo. SOLDADO: No puedo decir que no.
CARDENIO: En contra de su voluntad.
SOLDADO: No.
CARDENIO: ¿Ella se fue contigo tras yo irme?
SOLDADO: Señor, escúcheme. Usted y yo tenemos mucho en común. Podemos ayudarnos el uno al otro. Le llevaré a donde está Nur.
CARDENIO: ¿Cómo sé que no es otra estratagema? Has secuestrado a la mujer a la que amo para chantajearme. No tengo claro que simplemente quieras volver al Ejército. Te advierto: de mí, no conseguirás nada.
CARDENIO saca su pistola.
Y yo tengo ahora el control. No intentes nada extraño o te vuelo la cabeza. Esta vez no me dejaré sorprender. Deja a Luz en libertad. Luego, te entregaré a las autoridades.
SOLDADO: He salvado su vida, señor. He venido con Nur atravesando medio mundo para salvarlos a ambos. Y ahora me amenaza con entregarme. Si lo hace, cierta gente acabará conmigo. No es un trato justo.
CARDENIO: ¿Matarte? ¿Por qué? ¿Qué escondes? No hay tratos justos con los criminales.
SOLDADO: ¿Cómo podría hacer para que me creyera?
CARDENIO: No te voy a escuchar más.
Desde la distancia, una voz de mujer canta:

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¿Quién me causa este dolor? Amor.
Y ¿quién mi gloria repugna? Fortuna.

Y ¿quién consiente en mi duelo? El cielo.

Una chica sale de la oscuridad. Es NUR/LUZ. CARDENIO lecontesta.

CARDENIO: De ese modo, yo recelomorir deste mal estraño… LUZ: …pues se aumentan en mi daño,amor, fortuna y el cielo… As-salaamu ‘alaykum, Cardenio.
CARDENIO: Wa‘alaykumu s-salaamu, Nur. Estás aquí.

LUZ: Te vuelvo a ver cuando ya lo daba por perdido. Laa ‘ilaaha ‘illaa-llaahu. CARDENIO: Te estuve buscando por todo Afganistán, Luz.
LUZ: Sí, yo era para ti Luz. Nací Nur y tú me diste nombre el nombre de Luz y me prometiste una nueva vida. Ahora, espero simplemente que alguien me mire a la cara y me diga qué soy.

CARDENIO: Luz.
CARDENIO va hacia LUZ y la abraza. Ella se aferra a él, buscando en el abrazo el cuerpo que ha extrañado durante tanto tiempo. Pero finalmente, logra sobreponerse a sí misma y se separa de él. Le mira, con dureza.
LUZ: Te fuiste y me abandonaste con otro hombre.
CARDENIO: No fue así, Luz. Dime qué pasó.
LUZ: Cardenio, ahora, tras tanto tiempo, ¿te interesa esto? Tus palabras me resultan hipócritas. Te pedí que no te fueras. Te busqué luego. Seguí tus pasos pese a que tú me rechazaras. He atravesado medio mundo para poder encontrarte.
CARDENIO: No te rechacé.
LUZ: Tú le llamas, obedecer una orden. Tú le llamas, sentido del deber. Honor de soldado.
Pero realmente me entregaste a otro hombre. A tu superior.
CARDENIO: Me dieron una orden. Tenía que salir a una misión inmediatamente. No sé lo que ocurrió luego contigo.
LUZ: Tu general empezó a cercarme como un lobo. Insaciable, incansable, sin que nada se lo impidiera. La orden que te dio implicaba no sólo una misión en la que tú perderías la vida, sino además tomarme a mí. Ese hombre quiso convertirme en su ramera.
CARDENIO: Lo hubiera matado.
LUZ: Pero no volviste y me encontré sola …
CARDENIO: Volví a buscarte. Ya no estabas. ¿Y este soldado, qué tiene que ver?
LUZ: Él me sacó de la base. Logró arrancarme de sus garras y eso y el no matarte le valió la expulsión. El soldado se guardó pruebas para que no le pasara nada… Pero ayudarme podía haberle contado la vida, y su vida sigue en peligro aún.
Renunció a volver a España transportado por el Ejército dejándome allí. Yo no podía volver con los míos. El soldado consiguió papeles y dos pasajes para que yo entrara en
España. Hizo lo imposible para traerme aquí.

19

CARDENIO: Luz, ven conmigo.
LUZ: ¿Para volver a venderme? ¿A qué precio esta vez? Necesito una muestra de lo que puedes ser capaz de hacer.
CARDENIO: Pídeme lo que quieras.
LUZ: Cree al soldado y dale lo que pide.
CARDENIO: Soldado.
SOLDADO: Señor.
CARDENIO: ¿Qué juego hay entre vosotros?
SOLDADO: Ninguno, señor.
CARDENIO: ¿Qué poder tiene este soldado sobre ti para que me pidas que le apoye?
LUZ: Valora lo que ha hecho por nosotros. Por salvar tu vida, y luego la mía, perdió su grado y se ha visto a punto de ser procesado.
CARDENIO: ¿De lado de quién estás, Luz?
LUZ: Cardenio, me tienes aquí. Sólo tienes que aceptarme de nuevo. CARDENIO: Si es así, aquí sobra una persona.
CARDENIO apunta al SOLDADO. LUZ se interpone.
LUZ: No puedes hacer eso.
CARDENIO: Sí quieres venir conmigo, es mejor que te apartes.
SOLDADO: Detrás mío, Nur.
Señor, recapacite. Guarde ese revólver.
CARDENIO: ¿Qué hay entre el soldado y tú?
LUZ: ¡Nada! No puede haber nada.
CARDENIO: ¿Cómo habéis llegado hasta aquí? Es imposible que sin documentación podáis haber llegado desde Afganistán. ¿Cuál es vuestro objetivo?
SOLDADO: Señor, si me permite…
CARDENIO: ¡Silencio! Una musulmana y un renegado. ¿Y quiere reintegrarse al ejército?
¿Para qué?
LUZ: ¡Cardenio!
CARDENIO: Luz, apártate.
LUZ: No lo haré mientras te comportes como un loco.
SOLDADO: Señor, nada de esto tiene sentido.
CARDENIO: ¿Cuál va a ser el siguiente paso? ¿Una masacre en el centro de la capital?
¿Explotar una bomba en un acto público? Tal vez, el próximo desfile de las Fuerzas
Armadas… No voy a ser tan confiado.
LUZ: Cardenio, soy Nur, tu Luz. Estás viendo gigantes cuando sólo hay… CARDENIO: ¿Molinos? Quizá esté loco. Se me han reblandecido los sesos de no dormir todo este tiempo pensando en tu ausencia. Y de repente, apareces, aquí, en un aparcamiento de un hotel perdido en la carretera. Con qué precisión me habéis encontrado.
SOLDADO: Señor, si desconfía de mí…
CARDENIO: No quiero oírte más. Es mejor no dejar hablar a gente como tú. LUZ: ¿Y conmigo?
CARDENIO: No quiero pensar en ti ahora. No quiero pensar en qué te has convertido o en lo que siempre has sido. A muchos de los tuyos no les importa empeñar tiempo, vidas e ilusiones para lograr vuestros objetivos.

20

LUZ se interpone entre el SOLDADO y la pistola de CARDENIO.

LUZ: Si crees que somos una amenaza, deberías de empezar por mí. Soy yo la que debería atraer todas tus sospechas. Me duele mucho por todo lo que me conoces, por todo lo que te he dado… Por todo lo que he sufrido por confiar en ti. Pero yo soy la extraña, la que no puede estar aquí.
CARDENIO: Luz…
LUZ: Ya me mataste una vez. Vuelve a hacerlo ahora.
CARDENIO: Apártate, Luz…
SOLDADO: No dispare, no lo haga.
CARDENIO: Apártate, Luz, o no respondo…
SOLDADO: Señor, ¡no!
CARDENIO va a disparar, pero en el último momento, apunta al aire, y el proyectil se pierde en la nada.
LUZ, instintivamente, va a donde está el SOLDADO.
LUZ: ¿Estás bien?
SOLDADO: ¡Cuidado!
CARDENIO: Apártate de él.
LUZ: Cardenio, ¡no!
SOLDADO: Deténgase.
LUZ: Huye.
CARDENIO: Qué bien le proteges…
SOLDADO: Ponte a cubierto.
LUZ: Escapa.
CARDENIO: Sin ningún pudor.
SOLDADO: Señor, cómo decirle…
CARDENIO: Silencio.
LUZ: No dispares.
CARDENIO: ¿Disparar?
LUZ: No lo hagas.
SOLDADO: Baje el arma.
CARDENIO: Atrás.
SOLDADO: Hablemos.
CARDENIO: Atrás o disparo.
LUZ: Por favor.
CARDENIO: ¿Por favor?
SOLDADO: Señor…
CARDENIO: Ahí. Sin moveros.
LUZ: Recapacita.
CARDENIO: No te muevas.
LUZ: Mírame.
CARDENIO: Soldado, quieto.
LUZ: Por favor.
CARDENIO: Te tengo a tiro. Os tengo a tiro.
SOLDADO: No me muevo, señor.
LUZ: ¿Qué ha sido de ti, Cardenio?
CARDENIO: ¿Y de ti? ¿Qué eres?
LUZ: La mujer que tú amaste. Déjale que se vaya.
CARDENIO: No se lo impido.
LUZ: ¿Qué harás conmigo?
SOLDADO: No confíes en él.

21

LUZ: Vete.
CARDENIO: Serás mi perdición.
CARDENIO levanta el arma.
LUZ: ¡Cardenio!
CARDENIO: Luz, ven aquí, a mi lado.
LUZ: No me hagas nada.
CARDENIO: No voy a hacerte nada. Despacio. Sin trucos.
LUZ: Por favor…
CARDENIO: ¿Entendido? No llores.
LUZ: No voy a llorar. Por todo este tiempo. No voy a llorar más. CARDENIO: Quieta. Soldado, las manos bien altas.
LUZ: ¿Qué vas a hacer?
CARDENIO: Ahí está mi coche. Vamos a él.
LUZ: ¿Dejarás que se vaya?
SOLDADO: Señor, no es eso lo que quiero. No huiré como un cobarde. CARDENIO: Nosotros nos iremos y te quedarás aquí. Luego, haz lo que quieras.
LUZ: ¡Cardenio!
CARDENIO: Tú no tienes que temer nada.
LUZ: Cardenio. Dime que has vuelto.
CARDENIO: He vuelto.

El SOLDADO saca su arma y con un brazo toma a LUZ, inmovilizándola.

SOLDADO: Señor, aún tengo una bala con su nombre. CARDENIO: Suéltala.
SOLDADO: Tire ese arma, señor. Al suelo, donde yo lo pueda ver. CARDENIO: Aquí la tienes, muchacho.

CARDENIO la tira al suelo. El SOLDADO, sin soltar a LUZ,aparta la pistola lejos, de una patada seca.

SOLDADO: No soy ningún terrorista. Me he negado a ser un asesino. Ése es mi crimen.
LUZ: Déjame.
SOLDADO: Soy un soldado. Quiero volver a serlo.

CARDENIO: Suéltala entonces.
SOLDADO: Quiero mi parte del trato.
CARDENIO: Déjala en paz y tendrás lo que pidas.
LUZ: Haz lo que te dice.
SOLDADO: Si te dejo ir, perderé todas mis posibilidades.
LUZ: No hagas locuras. Libérame y confía en mí.
CARDENIO: Vamos, soldado. El tiempo se acaba.
SOLDADO: La retendré hasta que yo tenga garantías sobre mi caso. CARDENIO: Pretendes secuestrarla.
LUZ: No me vas a hacer daño. Júrame que no me vas a hacer daño. CARDENIO: Conmigo no se juega.
SOLDADO: ¡Atrás!
CARDENIO: Suéltala y hablaremos como hombres.
SOLDADO: No se acerque o disparo.

22

LUZ: No lo hará.
CARDENIO: Muchacho… SOLDADO: No soy un muchacho.

CARDENIO de un gesto rápido le agarra la mano en la que lleva la pistola. LUZ se echa a un lado. La pistola cae al suelo.
El SOLDADO lucha contra la fuerza de CARDENIO. La lucha se recrudece. En la refriega, cae la gorra al soldado. Una larga cabellera rubia se descubre. CARDENIO se echa atrás.

CARDENIO: Ésa es la mujer que esperabas. Tú.
SOLDADO: Esto no cambia las cosas.
CARDENIO: ¿Realmente eres soldado?
SOLDADO: La historia que le conté es cierta.
CARDENIO: Ya sé quién eres. Dorotea… Tu fama de francotirador te precede. El SOLDADO saca su arma.

SOLDADO: Disparo bien.
CARDENIO: Que seas mujer tampoco cambia nada para mí. SOLDADO: Que yo le haya respetado la vida tampoco. CARDENIO: Mientras me apuntes con un arma, nada cambiará.

Un disparo. Los dos militares se sorprenden. LUZ ha tomado la pistola, acaba de disparar, y les apunta a ambos.
LUZ: ¿Quién mejorará mi suerte?
La muerte.

Y el bien de amor, ¿quién le alcanza? Mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura? Locura.

Deteneos. Prefiero acabar con vosotros antes que ver cómo os matáis estúpidamente.
Me merezco algo mejor. No el ver a las únicas personas que se han preocupado por mí matarse. Dejad de luchar. Dejad de amenazaros. Dejad de intentar mataros el uno al otro con la menor excusa.

De ese modo, no es cordura querer curar la pasión cuando los remedios son muerte, mudanza y locura.
Esa es la canción que me enseñaste. No es cordura seguir viviendo así.
No quiero más armas.

He vivido en guerra por años, he sufrido la guerra en mi cuerpo, en mi alma. El silbido de las balas era algo con lo que me dormía todas las noches. El tener que atravesar una zona dominada por francotiradores para poder conseguir algo de agua. El olor a metralla y carne quemada. Los llantos, las heridas abiertas e infectadas, el convivir con los muertos, el saber que mis seres queridos habían muerto y que a veces morir era mejor que vivir.

Basta.
Tú me prometiste que me darías una vida nueva. Y tú me has sacado de un país sin futuro. No tengo nada, sólo dos personas que me han dado un poco de esperanza, y ahora descubro que dentro de esas dos personas sólo existe la ira.
As-salaamu ‘alaykum, wa‘alaykumu s-salaamu.

23

Esto es lo que exijo. Dadme la paz. La paz que me corresponde. No puedo soportar veros discutir siempre con un arma en la mano. Dejadme vivir en paz y vivid en paz vosotros. No más resentimiento, no más dudas. Os habéis acostumbrado a vivir bajo la violencia. Exijo un tiempo para la paz, la paz que se me ha robado. Exijo que empecéis a vivir en paz.
As-salaamu ‘alaykum
As-salaamu ‘alaykum
As-salaamu ‘alaykum
As-salaamu ‘alaykum
As-salaamu ‘alaykum
As-salaamu ‘alaykum
As-salaamu ‘alaykum…

Los militares miran a LUZ, que comienza a llorar, en silencio, sin dejar de repetir la zalema. Una sirena de un coche de policía empieza a sonar, acercándose. Cuando el coche de policía está lo suficientemente próxima, LUZ levanta el arma y descarga toda la munición al aire, hasta que no queda ningún proyectil que disparar. LUZ sigue apretando el gatillo aunque el percutor sólo golpea el aire. Completamente destrozada, cae lentamente, de rodillas, al suelo. Las luces del coche de policía llenan la escena mientras el sonido de la sirena llega a su máxima intensidad e impiden oír la zalema, monótona y repetida hasta la extenuación, de LUZ/NUR.

 

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RAFAEL RUÍZ PLEGUEZUELOS

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RAÚL HERNÁNDEZ GARRIDO

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